Entrevista con Robert Shearman

El prolífico y genialmente inventivo Robert Shearman, autor de Homo homini lupus, se ha convertido en una de las voces más originales de la literatura de terror y fantasía de la actualidad.

Curtido en la televisión y en el teatro, ha publicado también varias colecciones de relatos que le han valido numerosos premios, entre ellos el Shirley Jackson y el World Fantasy. Apasionado del arte de contar historias, es capaz de mezclar las ideas más osadas con los sentimientos más humanos y que esa extraña mezcla resulte más real incluso que la propia realidad. En esta entrevista que aquí os dejamos Shearman comparte con nosotros cómo es y de dónde nace el arte del relato y de la representación.

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FL: Te has dedicado a escribir todo tipo de ficción imaginable: obras de teatro, radio y guiones, como el episodio, ya legendario, de «Dalek» para Doctor Who, además de tener cinco colecciones de relatos en el mercado. Sin embargo, esta dispersión parece tener algo en común: la oralidad. Todo está escrito para ser representado o está narrado con un estilo coloquial que ensalza el diálogo y la narrativa oral. ¿Dirías que la oralidad es una constante en tu trabajo hacia la que te sientes atraído?

RS: Sí que lo creo, sí. Pero es curioso, ¡nunca me había parado a pensar en ello! Creo que hay una razón detrás de esto. Me convertí en escritor porque, cuando era adolescente, me aquejaba un fuerte tartamudeo. Era horrible, mucho; durante mucho tiempo parecía que no me quedaba nada de confianza para abrir la boca ni siquiera un poco. (Y el tartamudeo sigue ahí, aunque la gente apenas se da cuenta. Durante todos estos años he encontrado la forma de hablar esquivando el tartamudeo, cambiando las palabras que pretendía decir en mitad de la conversación para engañar a mi cerebro. Si alguna vez asistes a una de mis lecturas públicas verás que siempre reescribo lo que hay en la página para ser capaz de leer la historia hasta el final). Nada me da más envidia que la gente que es capaz de hablar sin pensarlo. Que solo hablan, ¡y con qué soltura! Yo era un chaval testarudo, así que no iba a tomarme el tartamudeo a la ligera. Empecé a hablar en público, a actuar en obras en el colegio. Me enamoré por completo del teatro. El problema era que… no era muy bueno. Como te puedes imaginar, no era el más fiable de los actores. Y en la universidad me di cuenta de que sencillamente no era lo bastante bueno como para que me eligieran para un papel. Empecé a escribir obras por mi cuenta, primero para darme una oportunidad de actuar en ellas; luego, en muy poco tiempo, por el mero placer de escribirlas. Por la maravilla, al fin, de estar en pleno control de las palabras que quería usar. Adoraba esas obras. Quería protegerlas. Descubrí que nunca querría que un actor tan malo como yo las arruinara.

Como has dicho, trabajé durante años en el teatro como dramaturgo, y con el tiempo aquello derivó hacia la radio y la televisión también. Nunca fue exactamente un plan. Yo seguía siendo ese chico tartamudo que ponía palabras en boca de actores más preparados que yo para que las dijeran en voz alta. Nunca me imaginé que escribiría libros, ni tan siquiera prosa, la verdad sea dicha. Los escritores que escribían libros, con sus nombres en la portada, eran escritores “de verdad”. Cuando recibí mis primeros encargos para escribir historia cortas –y descubrí entusiasmado lo mucho que disfrutaba escribiéndolas— aún me las imaginaba como piezas que iban a ser representadas. Que estos eran largos monólogos que habrían de recitarse en un escenario. Sin importar lo largas que fueran, o si estaban escritas en primera persona o en otra distinta, como más cómodo me sentía era tratando los párrafos como una conversación. Ese es el ritmo que más me gusta usar, y por más que intente variarlo, cuando corrijo siempre termino desnudando la prosa, quitando cualquier cosa que sea demasiado florida, emplear palabras más simples, tratar de contar la historia como si te la contara un amigo.

FL: Tus historias tienen fama de ser divertidas, ingeniosas, surrealistas, grotescas, humanas, tiernas, crueles, tristes, espeluznantes… Todo eso al mismo tiempo. ¿Proviene esta mezcla de una ingente variedad de influencias de las que seas consciente? Y ¿qué te gusta personalmente como lector, espectador, aficionado al teatro?

RS: ¡Creo que es solo mi sentido del humor! No tengo muy claro de dónde viene, ¡ni a quien echarle la culpa! Lo cierto es que todo cuanto escribo, da igual lo oscuro o desolador que sea, siempre cobra vida en mi cabeza como una comedia. Mucho de lo que escribo ahora se etiqueta como terror, y lo acepto sin reservas, ¡se me cuelan montones de cosas horripilantes! Pero el terror y la comedia son pozos muy similares de los que beber: ambos existen para sacarle al lector alguna clase de respuesta audible, ya sea una carcajada o un grito. También creo que no hay nada más conmovedor que una comedia bien contada. Uno de los desafíos que me propongo es coger una idea verdaderamente absurda o grotesca y hallar en ella ese punto de ternura humana. La comedia tiene que importar. El terror tiene que importar. Tienes que creer que hay algo muy real en juego. Hay mucha crueldad en mis obras, los personajes se dicen y se hacen las cosas más terribles, pero la mayor parte del dolor viene de una crueldad inconsciente. Le hacemos daño a quienes nos importan por torpeza o desconsideración, y lo más extraño es que ese es el espectáculo más divertido de contemplar.

Siempre soy muy cauteloso a la hora de aventurar cuáles son mis influencias. Lo cierto es que estoy abierto a cualquier cosa, ¡siempre ansioso por hallar la inspiración! Nada hay más inspirador que el Arte, que la creación de algo maravilloso, y esa sensación de reverencia de no tener la menor idea de cómo se ha logrado. En resumidas cuentas, me encanta ir a la ópera, y escucho mucha música pop. Escribo a diario en mis paseos por galerías de arte y auditorios de teatro, me encanta esa atmósfera. Veo películas, muchísimas; leo toda clase de libros. Por norma general, trato de experimentar el tipo de cosas que sé que nunca podría hacer, o que jamás querría hacer, y ver de qué forma se cuelan en mi imaginación.

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FL: Tu colección de relatos Tiny Deaths fue publicada en Comma Press en 2007, una editorial muy interesante con predilección por el relato, y hasta donde yo sé nunca fue publicitada como de género; pero se llevó el World Fantasy Award. Algo parecido ocurrió dos años más tarde, cuando tu otra colección, Love Songs for the Shy and Cynical, ganó el Shirley Jackson Award. Tus últimos libros de relatos (Remember Why You Fear Me y They Do the Same Things Different Here) salieron en la editorial canadiense ChiZine, centrada en la literatura de género… con un toque especial.

¿Te ha hecho todo eso más consciente de escribir dentro y para los círculos de género o siempre quisiste escribir literatura de género? ¿Ha moldeado de alguna forma tu experiencia en el mundo editorial tu visión del género (y de sus difusas fronteras) y de la literatura en general?

RS: Sinceramente jamás me imaginé como un escritor de género. No tenía muy claro qué era el género. Cuando fui a esa primera convención, la World Fantasy, en la que Tiny Deaths se llevó el premio, me sentí un fraude: me presentaban a gente famosa que se supone que tenía que conocer y admirar, ¡y nunca había oído hablar de ellos! Creo que fui involuntariamente grosero con algunos. Era muy reacio a leer o ver cosas de terror. Era muy aprensivo, y de niño tenía pesadillas con facilidad. Incluso de adulto, creo que no leí nada que se pudiera llamar un libro de terror hasta la treintena. Creo que gran parte de eso nacía del esnobismo de pensar que la ficción no merecía la pena si tenía un elemento fantástico. Pero me estaba engañando.

¿Las obras que estaba escribiendo? Todas ellas estaban salpicadas del tipo de ideas que escribiría más tarde en mi obra de “género”. Amantes imaginarios que cobran vida, historias de amor a través del tiempo, mundos distópicos de Navidades fascistas. Muy pocas historias que se me ocurrieran eran estrictamente naturalistas, todas tendían al absurdo. Lo que he encontrado en las comunidades de fantasía y de terror es una disposición con los brazos abiertos a consentirme eso, que puedo ir lo lejos que quiera sin sentirme raro o avergonzado. Que nunca me tengo que explicar o disculparme. Me ha liberado. La mitad del tiempo aún no creo que lo que estoy escribiendo sea literatura de género, tan solo escribo lo que me gusta, y puede ser convencional una semana y extraño la siguiente. (Y, por supuesto, ¡sigo creyendo que todo son comedias!). Pero siento que mis experiencias en el mundo editorial, y la aceptación que he recibido de los lectores de género, es el don más extraordinario, no hay más lastre que mi propia duda acerca de mí mismo.

FL: Alguien me describió una vez la experiencia de leer tus historias cómo si se te borrara la sonrisa de la cara al darte cuenta de lo que está pasando. En tu estilo hay algo ligero y jovial, desde luego cómico, pero también frío y terrorífico, y triste. Es como si el terror en tus historias surgiese de la discrepancia entre lo que espera el lector y lo que la historia provee. Una especie de extrañamiento. ¿Cómo manejas los elementos de terror en tus historias de terror? ¿Y lo fantástico en general?

RS: Creo que lo importante, siempre, es saber el porqué. Tengo un cuaderno lleno de cientos de ideas disparatadas, y algunas me hacen reír y otras hacen que me estremezca. Pero no puedo escribir ninguna hasta que sepa cómo tiene que ser contada, cuál es el núcleo emocional que subyace en la historia. Y puedes ser todo lo rara o terrorífica que quieras, y distorsionar la realidad en cualquier dirección extraña, pero ese núcleo emocional tiene que ser auténtico, sincero, y reconocible. Auténtico amor, auténtica tristeza.

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FL: Ya antes de que Alice Munro recibiera el Premio Nobel, pero claro está que también gracias a ello, el interés en el relato parecía haber revivido, aunque quizá eso no se traduce en éxito económico. La publicación en digital puede también haber contribuido al renacimiento de los formatos breves puesto que no necesitas escribir más páginas para que el libro sea lo bastante voluminoso para ser publicado.

En cuanto a ti, al contrario de la idea generalizada de que un autor no es realmente un autor hasta que no haya publicado una novela, has sobrevivido, incluso triunfado, escribiendo sobre todo relato. ¿Por qué relato? Y ¿alguna vez te ha tentado la idea de escribir una novela, por la razón que sea?

RS: ¡Me encantaría escribir una novela! Y tengo algunas ideas para eso. ¡Incluso estoy a punto de escribir una! Pero estoy asustado. De nuevo, me siento un fraude. ¡Las novelas son eso que escriben los autores «de verdad»! Una parte de mi cerebro no es capaz de comprender cómo son capaces de encontrar tantas palabras para escribir solo una historia. Me encantan las historias cortas porque, irónicamente, son extensas. Una novela tiene que ser narrada (con unas pocas ilustres excepciones) con un ritmo que parezca tranquilo y ordenado. Cualquier otra cosa resultará frenética y anárquica. En el caso del relato es mucho más amplia: puedes hacer lo que quieras y al ritmo que tú escojas. Y por ello es una forma mucho menos reconfortante que la novela. A los tres o cuatro capítulos de una novela puedes relajarte y asumir que, al menos en lo que se refiere al ritmo, ya sabes qué esperar. Un libro de relatos es como subir y bajar por una loca montaña rusa, cada pocas páginas se inventa todo de nuevo y el lector tiene que aprender a descifrarlo otra vez desde el principio. Pero admiro ese ritmo reconfortante de la novela, y la forma en la que con ese aliento tienes los recursos de llevar a los lectores un viaje por completo diferente, para discutir cosas más profundas con más pensamiento. Me preocupa que escribir una me exponga como alguien que no tiene nada que decir, que los novelistas lo han dicho todo antes con mucho más ingenio. Pero voy a intentarlo. Con miedo, pero con entusiasmo.

FL: ¿Cuánto hay de experiencia personal a la hora de crear tus historias?

RS: Bueno, bastante. Hay tanto artificio a la hora de contar historias que tienes que sacar algo de tu propia alma para hacerlo real. Hay mucho de verdad en mis cosas, a menudo los momentos más autobiográficos ocurren en el centro de las historias más imposibles. Lo que pasa es que nunca desvelo cuáles.

FL: Algunos autores describen el proceso de escribir una historia como el del artista que esculpe las palabras en la página como un escultor en la piedra, laboriosamente hasta que todo es liso y suave. Otros parecen planearlo todo con anterioridad y quizá le dediquen menos tiempo al proceso de esculpir, describen el proceso en términos más orgánicos. ¿Cómo es la experiencia para ti?

RS: Varía de historia a historia. Lo que necesito es algo con lo que empezar. A veces es una imagen hacia lo que aspiro, algo en mi cabeza que estoy intentando describir de forma que pueda explicármelo a mí mismo. A menudo es un encuentro emocional, algo que puede estar enterrado en algún lugar de la historia pero que sé que la historia no funcionaría sin ello. A veces es un chiflado «¿qué pasaría si?», ¿qué pasaría si pudiéramos medir el porcentaje de amor que sentimos en nuestros corazones? ¿Qué pasaría si un día nos levantásemos y descubriésemos que sabemos el día exacto en el que vamos a morir? Voy a Londres, a las galerías de arte y teatros, y trabajo en un primer esbozo. No trabajo hacia un final específico de la historia. Lo más común es que no sepa el final hasta que vaya por la mitad, a veces creo que tengo un final y llego a él y resulta que no voy ni por la mitad. Me encanta la estructura así que trato de estructurarlo que hago con mucho detalle antes de empezar, pero a menudo sin saber aún qué argumento o personaje voy a cubrir el andamiaje. Me gusta ser bastante fluido, y saber que puedo hacer pedazos la idea y empezar de nuevo en cualquier momento. Hago borrador tras borrador cada día cuando trabajo en una historia, y siempre a mano: solo trabajo con el ordenador cuando estoy bastante seguro de que voy a mantenerlo y de que sé lo lo que pasa. Todo es muy emocionante. Sé cuál es el tema de la historia y en el plano emocional sé por qué la escribo, y por lo general, si la historia de verdad funciona, tengo una idea muy clara del concepto también. Pero es como conducir en vacaciones con solo un mapa impreciso y una ligera idea de dónde podrías hacer noche. En el fondo más o menos sabes hacia dónde vas. Confías en el instinto y esperas divertir al lector por el camino.

FL: ¿Y qué hay del ritmo? Dado el acento coloquial de muchas de tus historias, ¿es eso algo que casi oyes cuando te sientas a escribir o tienes que ponerte a escribir hasta que lo encuentras?

RS: ¡Sí, sí! ¡De nuevo viene del deseo de actuar! Me encanta tener la oportunidad de representar mis propias historias. Soy muy expresivo, ¡muevo mucho los brazos! Leo todas mis historias en voz alta, por lo general cada borrador, de forma que pueda asegurarme sea natural. Escribo montones de frases potencialmente confusas, mal construidas… tienen que funcionar o sonar coloquiales porque si no el pobre lector se ahogará.

FL: Y ahora que nadie nos escucha… ¿Qué planes tienes para el futuro en lo referente a la escritura?

RS: Bueno, acabo de terminar una colección nueva, que es mitad novela, mitad relato, y cien por cien un juego de elige tu propia aventura. Me siento muy orgulloso de ella, pero es lo más extraño y ambicioso que haya probado a hacer jamás, y mientras escribo esto estoy esperando a ver lo que opinan los editores… Empiezo esa primera novela más adelante durante este año y es una historia muy peculiar sobre tres Walt Disney diferentes que viven en el siglo veinte. ¡Toca documentarse mucho! Y estoy trabajando en el guión de una novela con un extraordinario director cuya película de fantasía extraña fue nominada a un premio Óscar hace unos años; tenemos los dos un tipo de imaginación similar y espero que podamos sincronizarlas y hacer algo extraño y mágico. Y un poco triste.