Entrevista con Nina Allan

Nina Allan es una de las voces británicas más personales de la fantasía y la ciencia ficción de la actualidad. Amante de la literatura rusa, devoradora de la literatura alemana, amante y acérrima defensora de la ciencia ficción como el más rico de todos los modos de expresión que tenemos hoy en día. Mantiene un interesantísimo blog, The Spider House, donde no solo pone de manifiesto su erudición y la lucidez de su intelecto, también escribe reseñas y expresa complejas opiniones con una apabullante claridad de ideas.  También le gustan las arañas, la mitología griega y reflexionar sobre la naturaleza del arte. Aquí os dejamos la entrevista que le realizamos a raíz de la publicación de Tejedora, una brillante novela corta sobre los mitos, el arte y el destino ambientada en una inusual Grecia alternativa.

Terror Antiquus

FL: Ha habido mucho debate en torno al declive de la ciencia ficción, ya sea por el anhelo del regreso a la Golden Age o al esplendor de la New Wave. Algunos delcaran que la escritura de ahora no es de suficiente calidad, que no se experimenta lo bastante, otros que la ciencia ficción no logra comprometerse con nuestra realidad política y social. Algunos dicen que a la ciencia ficción le va muy bien, muchas gracias, y que toda esta distinción entre la ficción “literaria” y la de género, donde “literaria” equivale a calidad y el género es poco más que comida rápida, no viene más que de un prejuicio (el de la envidia de la mochila-cohete) e incluso están los que se enfurecen contra la apropiación de los tropos e ideas de la ciencia ficción por parte de la corriente tradicional hegemónica de la ficción “literaria”. Otros dicen que la ciencia ficción ha quedado estancada y que no consigue ser innovadora en cuanto al estilo o la prosa. La lista de defensas y acusaciones no tiene fin, pero lo que es también interesante en esta discusión es que resume bastante bien cómo funcionan las mareas culturales: lo que estaba en la periferia termina siendo absorbido por el centro y el ciclo comienza de nuevo. ¿Cuál es tu postura en este debate?

Creo que el argumento de las “mareas culturales” es de tremenda validez en esto. Este verano tomé parte en un simposio sobre el estado de la ciencia ficción británica en la revista Strange Horizons. Escribiendo sobre el auge de la literatura generalista, uno de los demás participantes, Martin Lewis, dijo lo siguiente: “Albergo la esperanza de que el auge de la literatura generalista suponga sencillamente el comienzo de una nueva ola de la ciencia ficción británica sin fronteras y que la próxima vez que nos llamen los periódicos tengamos mejor propaganda”. Se da el caso, desde luego, de que los “materiales especulativos”, ya sean los zombis, viajes en el tiempo, realidades alternativas o multiversos, están siendo aceptados como temas merecedores de interés por parte de la literatura convencional de una forma que no lo sucedía hace veinte ni diez años. Esto tiende a poner nerviosos a algunos escritores de género. En algunos círculos se trasluce un “quitad las manos de nuestras cosas, nosotros llegamos primero”, además de un sentimiento de que los escritores generalistas se acercan a la temática especulativa sin conocimiento real alguno de lo que se ha hecho en este campo y que por tanto están usando esos tropos de forma simplista o reinventando la rueda. Cualquiera, o todas estas cosas, pueden ser o no ser ciertas. Al final no importa, porque la difusión de ideas y de los estímulos creativos del gueto al mundo exterior es inevitable y deseable. Habrá material derivado, seguro, pero a la larga el impacto del “secuestro” de la ciencia ficción por parte de la literatura convencional significará que aumente el nivel.

En cuanto al estancamiento, no, nunca he creído eso. Lo que creo es que los que quieren continuar ese argumento están buscando en los sitios equivocados. Hace poco que he terminado The Mammoth Book of Science Fiction Stories by Women, una antología de treinta y tres historias de múltiples proveniencias y que incluye escritoras de diversos orígenes, experiencias y etnias. La profusión de ideas y de enfoques que allí se exponen es muy impresionante, y prueba segura de la calidad y diversidad de lo que se escribe en la ciencia ficción contemporánea. Como una instantánea de lo que está ocurriendo en la ciencia ficción ahora mismo encuentro el libro desde el luego muy alentador. Y es solo un ejemplo.

FL: En estos tiempos tan convulsos como los que vivimos, pues, ¿qué puede hacer la ciencia ficción que ningún otro género puede hacer? ¿Y qué debería hacer?

Creo que la ciencia ficción es el género más innovador, emocionante y significativo de todos los que existen. La respuesta corta a por qué lo creo es porque, mientras que gran parte de la literatura convencional se interesa en devolvernos el reflejo de nuestras propias experiencias –en reproducir la realidad en su forma conocida, asegurándonos de que lo que conocemos es verdad– a la literatura especulativa le interesa confundir nuestras asunciones, desafiar la naturaleza de la realidad tal como la percibimos, de penetrar más a fondo en lo desconocido. ¡Podría decirse que imaginar lo desconocido es el grueso de la descripción del trabajo de un escritor de ciencia ficción! Tanto como entretener, es obligación de la literatura hacer preguntas: de nosotros mismos, de los demás, del mundo; ahora más que nunca. Y la mejor literatura para hacer preguntas es la ciencia ficción.

FL: Contrariamente a la creencia del carácter cerrado de los habitantes de las islas, Peter Ackroyd dice en Albion, ensayo sobre la imaginación inglesa, que “la esencia de lo inglés es el principio de la apropiación”, si bien eso podría decirse de cualquier cultura. Tú, como experta en literatura rusa y que además lees mucho en alemán… ¿crees que la literatura europea continental tiene un sabor distinto a la británica? ¿Es el fantástico de la tradición anglófona distinto del fantástico de la tradición europea? ¿Qué tipo de inspiración sacas de la literatura europea, si la sacas?

Sería imposible que exagerara el papel que la literatura europea ha jugado en mi vida lectora y escritora. Creo que en persona soy muy inglesa, y probablemente cada vez más a medida que envejezco: con sentido de la autoparodia, irónica, quizá un poco reservada, bastante introvertida. Mi cabeza y mi intelecto, en cambio, han sido siempre más rigurosamente europeos. Soy una persona bastante seria. Me encanta la abstracción, soy una ferviente apasionada de la cultura y de la vida de la mente. Supuso un alivio enorme para mí durante la adolescencia, rodeada de la, a mi modo de ver, cultura obstinadamente filistea del centro de Inglaterra, descubrir las grandes obras de la literatura rusa de los siglos diecinueve y veinte, que sentí como una tabla salvavidas que me acercaba a una mentalidad que consideraba más cercana a la mía.

Una de las características de la literatura rusa que causó en primer lugar una honda impresión en mí era su disposición a comprometerse, sin ambages, con los temas que a mí me interesaban. La literatura inglesa del siglo diecinueve me parecía más interesada en las maneras y costumbres de una sociedad que de todos modos me resultaba cobarde e inquietantemente desigual. Lees en cambio a Dostoevski y de inmediato estás inmerso en otro mundo completamente distinto: Ivan Karamazov discutiendo con el demonio, Raskolnikov cometiendo un tremendo error respecto a un espantoso asesinato, Natacha Lasunskaya reprendiendo a Rudin por ser tan cobarde. Sentí que había encontrado una literatura que me hablaba a mí y a mis preocupaciones y mi amor por la literatura europea se ha fortalecido más si cabe con el tiempo. Sí, sí que creo que el fantástico europeo tiene una sensibilidad distinta de la tradición anglófona y que eso enlaza con la disposición arriba mencionada a comprometerse con la dificultad, tanto en cuestiones de forma, contenido o técnica narrativa. Siempre he sentido que la literatura europea –¡y un gran número de lectores europeos!– se sienten más naturalmente dispuestos a la inclusión de elementos fantásticos o especulativos dentro de las obras literarias. El círculo literario británico tiende a entrar en pánico si aparecen en una novela el demonio, una nave espacial o alguien que se hace llamar una bruja: se apresuran a categorizar, a declarar a una novela “distinta” o “inferior ” o de buscar cualquier otro tipo de excusa. En la literatura europea ese tipo de cosas se ven con un enfoque más abierto: “bueno, vamos a ver qué está intentando conseguir el autor con esto y luego ya decidiremos”. Me encanta eso. Me parece muy gratificante y liberador.

Escritores como Jenny Erpenbeck, Daniel Kelhmann, Patrick Modiano, Friedbert Tuglas, Agota Kristof, Elfriede Jelinek, Javier Marías y Tatyana Tolstaya son todos ellos inspiraciones actuales.

FL: Una de las quejas más comunes de la tradición de la fantasía es que por lo general se sitúa en un universo anglófono, ya sea un Londres alternativo o una versión histórica alternativa de Inglaterra. Aunque ahora están cambiando las cosas y sí que tenemos por ejemplo “stampunk poscolonial” y una creciente variedad de fantasías distintas… ¿A qué es debido? ¿Por qué tenemos tan tantas versiones fantásticas de Londres y, por ejemplo, tan pocas sobre Cracovia? ¿Es una forma de colonialismo, de dominio en el mercado, o hay algo más?

Creo que se trata sobre todo de un tema de mercado. Hasta hace muy poco, la ciencia ficción y la fantasía estaba dominada por escritores británicos y estadounidenses, a menudo sin más razón que los editores no querían invertir en el dinero extra necesario para las traducciones. Como resultado, los lectores no han tenido la oportunidad de descubrir las estimulantes y fecundas obras que existen de autores de otros países. Y hay mucho trabajo allí que descubrir. The Other City [“La otra ciudad”] es una maravillosa novela sobre una versión alternativa de Praga. Kalpa imperial, de Angélica Gorodischer describe un paisaje urbano fantástico que está basado en el lugar de nacimiento de la autora, en Argentina. Petersburgo, de Andréi Biely, es una de las primeras obras de slipstream ruso, ambientada en una versión no del todo real de San Petersburgo. Hay muchos otros ejemplos. La ciencia ficción y la fantasía no anglófonas de ahora ofrecen una de las más interesantes e innovadoras obras que se publican, porque se basan en tradiciones que se separan bastante de la tradición posterior a Tolkien y a la tradición posterior a la pulp que tanto han dominado la ciencia ficción británica y estadounidense.

Y afortunadamente la ciencia ficción anglófona cada vez es más diversa, puesto que un número creciente de escritores se inspiran en otros países y culturas. A Secret History of Moscow [Una historia secreta de Moscú], de Ekaterina Sedia, Lagoon [Laguna], de Nnedi Okorafor, The Dervish House [La casa del derviche], de Ian McDonald y Deathless [Inmortal], de Catherynne M. Valente, son ejemplos de obras que escogen grandes ciudades –Moscú, Lagos, Estanbul y Leningrado– como escenario. Y podemos también esperar con ganas la nueva novela de Aliette de Bodard, The House of Shattered Wings [La casa de las alas rotas], ambientada en París y que se publicará en 2015. Personalmente creo que esta creciente diversificación es una de las cosas más emocionantes que ha pasado en la fantasía y en la ciencia ficción en la pasada década y que todo indica que esta tendencia va en un aumento.

FL: En relación con la pregunta anterior, ¿por qué escogiste Grecia como escenario para tu novela corta, Tejedora?

¡Esa es fácil! Mi padre fue a vivir a Grecia en 2008 y Tejedora nació como consecuencia directa de una visita a su nuevo hogar en el Peloponeso. Esa era mi primera visita a Grecia y me despertó muchas emociones. Supe enseguida que tendría que escribir sobre ello, para registrar al menos parte de mis sentimientos sobre el paisaje y clima mediterráneos y ese sentido de la historia que lo impregna todo. Siempre me ha encantado la mitología griega, desde que era una niña, y el mito de Aracne parecía una plantilla apropiada para la historia que quería contar.

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FL: En Tejedora, entre otras cosas, tratas de la naturaleza del arte, y de la escritura. Y pareces estar de acuerdo con el proverbial “el genio es un diez por ciento inspiración y un noventa por ciento perspiración”. Igual no con esos números, pero al menos una combinación de ambos donde predomina la perspiración. Layla parece luchar contra la idea de don divino porque de esa forma su arte sería menos suyo, más “dado” que “ganado”. Aunque, como dijo Elizabeth Gilbert dijo en su charla TED, la idea de “tener” un genio puede resultar un consuelo, ya que al meno estás compartiendo la responsabilidad (oye, colega, yo ya he hecho mi trabajo ¡pero tú no has hecho tu parte!”). ¿Cómo es el proceso de escritura para ti?

Diría que el “genio” –y con ello me refiero a la inspiración, la “chispa divina”, por así decirlo– es desde luego lo divertido de ser escritor. Tiendo a vivir mucho en mi cabeza. En cierto modo, siempre estoy trabajando, siempre estoy metida en el proceso del pensamiento, de destilar la experiencia vivida en imaginería y narración. Nunca he tenido problema para encontrar cosas de las que escribir; de hecho diría que el problema es justo el contrario, que tengo más ideas de las que jamás podría aspirar a convertir en una obra satisfactoria. Y es que esa es la parte difícil: convertir una idea –tan ligera, tan brillante, tan elusiva– en una obra que siga conteniendo al menos una parte de su brillo original. Desde el momento en el que coges bolígrafo y papel, o mueves el cursor por la pantalla, el pensamiento original se está convirtiendo en una aproximación, quizá diluyéndose. La principal batalla de un escritor es mantener intacta la vida de la palabra.

Me encanta esta lucha, la veo como un desafío personal, un problema que resolver. Y eso me gusta, pero ¡nunca es fácil!

FL: Tu prosa es rica, vívida, llena de textura, de color, palpable y disfrutable con todos los sentidos. Probablemente esté relacionado con ese sentido de lugar que mencionaste al hablar de Tejedora. ¿Cómo equilibras el argumento, la forma y la sensibilidad en tus escritos?

En mi caso, esto son cuestiones de instinto más que de planificación. Escribo una historia para descubrir qué pasa. Es un proceso orgánico. Una vez dije en la respuesta a una pregunta como esta que el argumento es algo meramente fortuito para mí, que empiezo escribiendo sobre personajes y su entorno y que espero y deseo que el argumento se dé a conocer a su debido tiempo. Lo sigo manteniendo, hasta cierto punto: para mí los personajes son la historia, en gran medida, y mi trabajo como escritora es descubrir, desde mi conocimiento de esos personajes, cuál es la historia y cuál es el mejor modo de contarla. Creo que siempre seré la clase de escritora –y de lectora– para quien un argumento ingenioso es menos importante que el conjunto del color y la textura de la experiencia lectora. Después de todo, un argumento solo puede sorprenderte una vez, mientras que las novelas más gratificantes y estimulantes exigen, y compensan, múltiples lectura, por otras razones que simplemente “saber qué pasa”.

Odiaría, eso sí, minimizar la importancia de la historia. Un lector que cede muchas horas de su tiempo merece algo a cambio, una razón para seguir leyendo. Las historias han estado con nosotros desde el principio de los tiempos: escucharlas y contarlas es, a un tiempo, uno de los más simples y complejos placeres que un ser humano puedo obtener. No es ninguna vergüenza tener el deseo de entretener, ni buscar el entretenimiento.

FL: Te has convertido en una escritora consolidada antes incluso de escribir una novela, lo que puede parecer extraño en un mundo editorial dominado por la novela. Antes de escribir The Race has escrito tres colecciones de relatos, muy bien valoradas y hasta traducidas a otros idiomas. ¿Cuál es el poder del relato para ti? ¿Es el relato un preludio, una experimentación, un cajón de arena antes de enfrentarte al malo de final de fase, la Novela? Además, los relatos de tus colecciones parecen de alguna forma conectados, como si formaran parte de una novela fragmentada. ¿Qué crees que le sienta mejor a tu voz?

Es muy amable que me llames “consolidada”; personalmente siento que solo estoy empezando a escribir de un modo que me satisfaga, y cada día sigue siendo una experiencia de aprendizaje. ¡Lo único seguro sobre escribir es que nunca se vuelve más fácil!

Personalmente nunca me he considerado muy buena escribiendo relatos, al menos no en el sentido en el que lo son maestros del género como John Cleever, Raymond Carver y Helen Simpson. Un “verdadero” relato puede decir lo que sea que tiene que decir en unas cinco mil palabras, y parece algo completo en sí mismo, un mundo autosuficiente. Creo que mis relatos son demasiado discursivos para ser perfectos. Y tengo verdaderos problemas ahora en escribir cualquier cosa por debajo de las diez mil palabras. Siento más afinidad con los relatos de escritores como Alice Munro y Roberto Bolaño, ¡porque rompen montones de reglas! Mis relatos se regodean en el detalle y les encanta irse por la tangente. No son muy disciplinados.

Me gusta que uses la palabra “experimento” aquí porque creo que mis relatos han sido una serie de experimentos cada vez más complejos, una forma de aprender qué tipo de ficción quiero escribir. Soy una ferviente convencida de las colecciones de relatos conectados entre sí como un género en sí mismo. A menudo me siento insatisfecha con las narrativas convencionales, lineales. Me gustan las obras en las que la forma narrativa es una parte activa de la narración: quiero que el lector sea un participante activo del proceso creativo. Mi primera novela The Race es una prolongación natural del proceso que empleé para escribir Máquinas del tiempo (The Silver Wind) y Stardust, y el libro en el que estoy trabajando ahora es una prolongación de las técnicas que usé en The Race: es más cohesivo, en algunas cosas, pero sigue empleando la estructura narrativa “discontinua” y una interacción de textos en vez de una narración única que progresa lógicamente de la A a la Z. Jugar con la propia idea de ficción es algo importante para mí, y placentero, tanto como lectora como escritora.

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FL: ¿Qué puedes contarnos sobre The Race, la novela que acabas de publicar ambientada en una Gran Bretaña futura, devastada por el daño medioambiental y con galgos genéticamente modificados que formaron parte en origen de un programa militar?

En The Race hay dos preocupaciones centrales. Por fuera es una novela sobre el cambio climático, sobre la responsabilidad humana y cómo las decisiones que tomamos ahora pueden afectar nuestros futuros. Por dentro es una novela acerca del viaje de una persona hacia la autodeterminación. Hay más cosas, también: un secuestro, una carrera de perros, ballenas gigantes, posiblemente alienígenas… ¡algo para todo el mundo! La mayor esperanza que albergo con esta novela es que los lectores encuentren aspectos de sí mismos entre sus páginas, y que disfruten y se sientan intrigados por la forma en la que se entretejen los hilos separados de la historia. No hay forma correcta de leer el libro. Me gustaría que la gente se involucrase con los personajes y que saque sus propias conclusiones sobre lo que significa todo.

Este ha sido un libro difícil de escribir. Descarté montones de palabras antes de encontrar el texto que me complaciera. El siguiente libro sigue un patrón parecido, así que supongo que esta es mi forma de trabajar.