Historias de fantasmas y miedo a la muerte

Este prólogo del genial Reggie Oliver está extraído de Sic transit: cuentos de fantasmas, una inquietante recopilación de historias inexplicables.

Imagen para Sic transit de Omar Moreno

La historia de fantasmas es un artefacto muy antiguo y muy extraño. Tiene como propósito hablar de las alteraciones en lo que consideramos que es el orden natural de las cosas. El relato de tales alteraciones está destinado a provocar miedo o a turbar de algún modo al lector. Los sucesos inquietantes suelen tener una explicación, aunque rara vez es exhaustiva, y se busca que el lector acabe con una perdurable sensación de desasosiego que, paradójicamente, resulta en cierto modo agradable para la psique.

Hace no mucho tiempo estaba en una cena en la que nuestro anfitrión nos contó una historia de fantasmas «auténtica». Siendo estudiante en Oxford se hallaba una noche en sus habitaciones con un amigo cuando de repente las cortinas de su cuarto se agitaron como por un golpe de viento. Fue hacia las ventanas y se encontró con que estaban cerradas. Oyó que llamaban a la puerta, pero cuando fue a abrir, mi anfitrión no vio a nadie al otro lado del umbral. Más tarde aquella misma noche estaba en la cama cuando oyó algo que se rompía en la sala de estar. No se atrevió a salir del dormitorio, pero a la mañana siguiente descubrió que el espejo que colgaba sobre la chimenea se había hecho añicos sobre los adornos de la repisa y que después lo habían vuelto a poner en su sitio. Estos sucesos no volvieron a repetirse y la única explicación hallada fue una leyenda que corría por la universidad sobre un estudiante que, con el fin de suicidarse, había atado como pudo el final de una cuerda a la chimenea de la sala de estar de mi anfitrión, había pasado el otro extremo alrededor de su cuello y había saltado escaleras abajo desde su cuarto al patio interior.

Incluso bien escrita, esta anécdota constituiría una historia de fantasmas ficticia bastante pobre. Los acontecimientos son incoherentes y no especialmente aterradores; la «explicación» es imprecisa, banal y poco convincente. Aun así, lo pasé bien escuchándola porque mi anfitrión es un hombre inteligente, nada fantasioso y un testigo completamente fiable. Su relato, con todos sus fallos como obra artística, sí que ofrecía dos ingredientes esenciales para cualquier historia de fantasmas: el sobresalto y el misterio. Compensaba sus carencias artísticas con el hecho de ser cierta.

Lo que la historia de fantasmas de ficción tiene que añadir, para compensar a su vez el no ser real, es un elemento visionario. Sus hechos han de apuntar a una visión, por breve y desconcertante que sea, del mundo metafísico. Tiene que trascender de alguna forma el, por lo general, impenetrable muro de la muerte. Desde que los seres humanos empezaron a hablar y a contar historias han querido que algún aspecto trascendente formase parte del tejido. Lo interesante es que los narradores de historias rara vez han hecho que esa trascendencia resultase tranquilizadora. Parte del placer —en apariencia perverso, pero sin embargo perfectamente normal— que extraemos de la historia de fantasmas es que lejos de consolarnos nos angustia.

Unos dos mil años antes de nuestra era, la primera obra literaria que conocemos y aún conservamos fue grabada en tablillas de barro. Se trata de La epopeya de Gilgamesh, escrita en Mesopotamia, en lo que hoy en día es Iraq. Habla de espíritus, y se centra en un tema que está presente en la mayoría, si no todas, las historias de fantasmas. Esto lo resumió bien Rainer Maria Rilke al denominar Gilgamesh «das Epos der Todesfurcht», la epopeya del miedo a la muerte.

En una versión, el amigo del héroe Gilgamesh, Enkidu, describe un sueño en el que es arrastrado a la tierra de los muertos:

Me transformaba en pichón;
eran mis brazos como alas de ave.
Prisionero, me condujo a las tinieblas, a la Mansión Irkallu;
a la casa que tiene entrada pero no salida;
al camino que tiene ida pero no retorno;
a la casa cuyos habitantes están privados de luz,
cuyo alimento es polvo, cuyo pan es barro,
con los que van vestidos como pájaros, con vestidos de plumas
y que, sin ver la luz, viven en tinieblas.
En la casa del polvo, donde yo entraba,
veía coronas amontonadas
y escuchaba a los de las coronas, que gobernaron el país en tiempos remotos
(Traducción de Jorge Silva Castillo para la editorial Kairós).

Este me parece un pasaje admirable que yo, o cualquier escritor contemporáneo de terror, estaría orgulloso de haber escrito. Tiene una inquietante extrañeza visionaria —¿por qué están los muertos «vestidos como pájaros, con vestidos de plumas», por ejemplo?— pero tiene también autenticidad. Parece hablar de algo que hubiera sentido de verdad ese anónimo autor de cuatro mil años de antigüedad.

Hay varias versiones de la epopeya de Gilgamesh. En la que cito Enkidu muere y a causa de ello Gilgamesh se embarca en una vana búsqueda de la inmortalidad. En otra versión Enkidu, a pesar de la advertencia de Gilgamesh, va al mundo de los muertos y queda atrapado allí. Gilgamesh intenta rescatarlo y consigue solo una breve entrevista con el espíritu de Enkidu. Las noticias que llegan del otro lado no son buenas.

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Avanzamos un milenio y llegamos a los comienzos de la literatura griega, con la Ilíada y la Odisea, que son las fuentes principales de buena parte de la literatura europea clásica y moderna. Los espíritus juegan un papel importante y activo en ambas historias. En la Ilíada el fantasma de Patroclo se le aparece a Aquiles después de que este haya matado a Héctor y le apremia para que le conceda un entierro digno. Esto da comienzo a la última parte de la Ilíada, cuando Príamo acude a Aquiles para recuperar el cuerpo de Héctor. El fantasma es descrito como un espíritu y una imagen (eidolon) pero —curiosamente— «sin inteligencia», a pesar de que Patroclo acabe de pronunciar un discurso coherente delante de Aquiles y de profetizar la muerte de su amigo frente a los muros de Troya. ¿Por qué? Solo se me ocurre sugerir que esta imagen homérica de un espíritu que habla, pero en esencia sin intelecto, es precursora de la idea que sostienen algunos investigadores psíquicos en la actualidad de que los espíritus son cáscaras psíquicas; en otras palabras, que los seres humanos dejan atrás no solo un cuerpo físico en forma de cadáver sino también uno psíquico, y que esto puede causar trastornos en forma de poltergeists o dejar una suerte de huella en el lugar donde ocurrió un suceso traumático. Las visiones de la vida después de la muerte se exploran en la Odisea en esa famosa secuencia —conocida como la nekyia— en la que Odiseo visita el inframundo y mantiene una conversación con los muertos. Son muchas las razones que hacen de este un episodio fascinante, pero un incidente en especial merece ser comentado porque se deshace de la idea de que los seres humanos inventaron la vida después de la muerte como una forma de satisfacer sus anhelos, como un premio de consolación por el sufrimiento de esta vida. Nada más lejos de la realidad. Todas las descripciones tempranas del más allá —ya hemos visto lo que La epopeya de Gilgamesh tiene que decir— son francamente descorazonadoras. No existen los fantasmas felices.

Así pues, en la Odisea uno de los fantasmas con los que se entrevista Odiseo es el de Aquiles, quien pronuncia las famosas palabras: «preferiría ser un siervo en la tierra, incluso de un pobre, que un príncipe entre los muertos» (parafraseo ligeramente). En otras palabras, preferiría ser el más plebeyo de los plebeyos entre los vivos a estar muerto. Quien habla es el héroe Aquiles, que mora en la mejor parte de la tierra de los muertos, los Campos Elíseos. Para Homero no hay «castillos en el aire»: la noción de recompensa futura en el más allá es una adición comparativamente tardía en el pensamiento religioso.

Los fantasmas aparecen una y otra vez en la literatura temprana, por ejemplo en la tragedia griega, a menudo como fuerza motriz de la revancha —toda la Orestíada de Esquilo está impulsada por los airados espíritus de la venganza— y este modelo de historia de fantasmas traza una línea que nos lleva directamente hasta la que es quizá su máxima expresión: Hamlet. El académico y crítico literario C. S. Lewis denominó Hamlet «historia de fantasmas» y no en un sentido trivial, sino porque de nuevo, como con la Orestíada, que influyó indirectamente en Shakespeare a través de las traducciones de Séneca, el fantasma es la fuerza motriz de la historia. Merece la pena señalar otra cosa de Hamlet. La escena inicial con los guardias en las almenas antes del amanecer no es simplemente una forma emocionante y efectiva de comenzar la obra, tiene un propósito fundamental, que es dejar claro que el fantasma no es un producto de la imaginación de la mente torturada de Hamlet, sino una entidad real, vista por otros antes de Hamlet.

Regresando a los tiempos clásicos, los relatos de fantasmas tal como los entendemos aparecen como cuentos insertos dentro de la historia principal en las primeras novelas griegas y romanas. Hay una historia de hombres lobo en el Satiricón de Petronio, la fragmentaria novela latina del primer siglo de nuestra era que contiene el famoso episodio de Trimalción. Medio siglo más tarde, Plinio, en sus cartas, escribe una de las primeras historias de fantasmas «auténticas» que se conocen, sobre una casa encantada en Atenas. Lo que resulta interesante de dicha historia es que los ingredientes son muy conocidos. Contiene todos los lugares comunes, y por supuesto los clichés, de la historia de fantasmas: gruñidos, ruido de cadenas y el espíritu intranquilo de un hombre asesinado cuyo fantasma solo abandona la casa embrujada cuando sus huesos son enterrados como es debido.

La historia de fantasmas moderna, en contraposición a la extravagancia gótica, comenzó con Sheridan Le Fanu, quien añadió como ingrediente principal a los elementos ya conocidos el aspecto psicológico. En sus historias los sentimientos y los errores de los atormentados son tan importantes como el propio tormento. Aún hoy continuamos esencialmente en esta tradición. Donde creo que a veces fallamos es en tomarnos menos en serio las realidades metafísicas detrás de estos fenómenos. Para decirlo sin rodeos, los hay que opinan que no es necesario que un escritor de historias de fantasmas o de terror crea en un reino espiritual. Yo sí.

Este prólogo de Reggie Oliver continúa en Sic transit: cuentos de fantasmas.