Confesiones de un editor, vividor y viajero en el tiempo

Prólogo de Saturnalia

Mientras cerrábamos este libro, llegó hasta los oídos de las editoras de esta colección la triste historia de Heliodoro Homiciart, un editor de una dimensión paralela cuyos intentos por publicar los mismos relatos que ahora mismo, lector, tienes entre manos le llevaron a una ordalía de muertes y derechos de autor. Interesadas por esta dramática historia, nos pusimos en contacto transdimensional con Homiciart para rogarle que escribiera un prólogo donde explicara lo sucedido.

Las páginas que siguen recogen dicho prólogo; queda el lector prevenido de que no podemos hacernos responsables de las atrevidas declaraciones ni de las sorprendentes revelaciones que a continuación se enumeran.

Mithra

Podría escribir aquí que la tradición de la fantasía saturnal se remonta a la época romana, pero solamente si nos atenemos a la producción escrita, lamentable error del estudio de la literatura que siempre ha despreciado la producción oral como la versión infantilizada de la literatura seria. Podría también precisar que no, que en realidad esa tradición de fantasía saturnal bien puede, como unos pocos sabrán, remontarse a las representaciones de piezas y ceremonias itinerantes de los pueblos persas, sirios y fenicios. Podría añadir que, tomado ya por loco, por villano, por rebelde, o por visionario, el frenesí de las danzas de Heliogábalo no es más que una continuación ritual de los autos campesinos representados en los pueblos con la llegada del invierno.

Podría escribir todo eso y mucho más, pero no son más que datos sabidos por todos o que cualquiera con parcas dotes de investigación podría sacar si quisiera. Y aunque no conozcáis al dedillo la génesis o el desarrollo de la tradición, bien sé que lo que queréis no es oír la historia de la fantasía saturnal, de los himnos del sol invictus, de la versión fantástica del Nacimiento que fue piadosamente representada en el monasterio de Padua en el siglo XI, fijando así el canon de esta corriente, ni de la colección del profesor emérito Christian Ball de la Oxford School of the Eighth Gate que recuperó textos en todas las lenguas y publicó una edición anotada y comentada, ni de los años de decadencia que vieron el tímido resurgir de los versos que imaginaban el sometimiento de Mithra a manos de Cristo, lo que hoy hemos dado en llamar literatura especulativa.

No soy tan ingenuo como para pensar que el encargo de este prólogo ha caído en mis manos para que comparta mis sesudos conocimientos teóricos con esa multitud sin rostro de aficionados a la fantasía que adquirirá este libro. Mi reputación interfiere en esa creencia. ¿Por qué si no iban a pedírmelo a mí, precisamente a mí, ahora que ya estoy sentenciado y encarcelado? Aunque no he recibido indicaciones más allá de «eres el mayor especialista del país», «tu experiencia como editor de esta clase de relatos está plagada de erudición literaria así como de conocimiento extraliterario que será de sumo interés para los lectores», «seguro que puedes arrojar luz alrededor de este tema con la lucidez del experto», estoy convencido de que la periferia de lo literario a la que tan astutamente pretenden desviarme no es sino el affaire de los derechos.

No soy muy de plegarme a las exigencias o expectativas de los lectores, y no espero vuestro perdón al confesarlo, menos aún de los lectores de fantasía. Realmente no me interesan sus gustos o inclinaciones, su curiosidad de chismosas tan ignorante como superficial, pero la privación de libertad es también hasta tal punto una privación intelectual que por una vez me divierte anticiparme a sus deseos y jugar con ellos, siquiera para paliar el aburrimiento que me ata. Sí, es cierto, como he declarado públicamente ante el juez y ante la prensa y en privado ante mi exmarido, que encontré un medio de viajar en el tiempo. No, por más que vuestra curiosidad lectora me lo pida aquí no voy a desvelar de qué se trata ni de cómo adquirirlo. Sí, es cierto que utilicé ese método para asesinar autores y así ser el primero en conseguir los derechos cuando pasaran a dominio público. Sí, es cierto que mi plan se desbarató cuando traté de matar a China Miéville para la recopilación de relatos de fantasía saturnal y cristiana. No, no es cierto que quienes estuvieron detrás de aquel intento homicida fueran los de la Logia del Gran Baal, pero sí, es verdad que ellos planearon y consumaron varios asesinatos relacionados con el deseo de silenciar el resurgir de otras corrientes como la gnóstica o la cristiana. Sobre mi relación con ellos no hablaré demasiado porque la cárcel no es un lugar tan seguro: lo que he dicho hasta ahora no es más que la confirmación de todo cuanto ha publicado la prensa, de lo que la policía ha declarado y de lo que los blogs especializados en sectas han divulgado. A vuestra disposición tenéis todas esas madejas de las que tirar.

Siempre había querido tener una editorial. Mentiría si dijera que la idea nació de un puro instinto altruista o del inmaculado amor a la literatura. La realidad es que la mayor parte de los trabajos me aburren (como me aburre a veces este) y no se me ocurre peor infierno que una vida llena de tedio. Llamadme vanidoso, pero me gusta codearme con autores y asomarme a la producción literaria de otros que la falta de talento me ha negado a mí. Me gusta que me inviten a fiestas públicas y privadas, me gusta que me llamen para dar conferencias y que me paguen por escribir vacuidades que siempre alguien se toma demasiado en serio. Me divierte la ingenuidad académica. Me gusta la literatura, claro, aunque no me sucede así con la mayoría de lectores, por paradójico que parezca. Me parecen tan huecos y vacíos como una lata de comida preparada tirada a la basura. Son como perros que no distinguen lo exquisito de lo repugnante: se lanzan a por vómitos con babas en la boca y rechazan con indiferencia los manjares.

Así que cuando tuve algo de dinero y decidí montar una editorial dedicada a la fantasía no lo hice por ellos, por poner en sus roñosas manos unas golosinas que llevarse a la boca, sino que lo hice por mí. Lo que a esos lectorzuelos les interese me trae bastante al fresco, como dirían en esa jerga vulgar aprendida a golpe de bestseller, y si coincide remotamente con mi criterio no les atribuyo ningún mérito; más bien, cuando estoy de buen humor…

[El prólogo continúa en Saturnalia.]

saturnalia