Nota del traductor de Peter Watts

Prólogo de Manuel de los Reyes para nuestro libro: Ad astra, con relatos escogidos del reconocido autor de ciencia ficción Peter Watts.

Peter en su discurso de bienvenida al calamar supremo

Creo que muchos lectores estarán de acuerdo conmigo, sobre todo en estos tiempos de sobreinformación en que vivimos, en que no hay mayor placer que enfrentarse a un libro sin expectativas de ningún tipo y descubrirse gratamente sorprendido por lo que nos deparan sus páginas. Ese relato gratuito con el que se tropieza uno por casualidad en alguna web de la que no había oído hablar en la vida, esa novela cuya ilustración de cubierta augura lo peor y termina consiguiendo que nos replanteemos nuestros criterios estéticos, esa serie que se tambalea en la cuerda floja de una trama aparentemente sin timón tan solo para arrebatarnos el aliento con una pirueta tan bella como arriesgada en la última entrega… seguro que todos tenemos nuestros propios ejemplos.
Pues bien, no exagero al decir que el inesperado placer que me produce encontrar una de estas «obras sorpresa» palidece en comparación con la alegría que supone para mí tropezarme con ellas en virtud de mi profesión, cuando han llegado a mis manos para que las traduzca y ya llevan un día o una semana macerando en el atril: ese momento atiza (parafraseando la expresión que acuñara el crítico, periodista y traductor, Julián Díez) en el que te das cuenta de que lo que determinada editorial te ha encargado verter al español no es otro relleno de catálogo más sino que tiene algo especial, un je ne sais quoi inaprensible que hace que levantes los dedos del teclado y mires con otros ojos la página del procesador de textos con la que ya creías haberte familiarizado.

En el transcurso de mi carrera he tenido la suerte de revivir esta experiencia en no pocas ocasiones, pero una de las que recuerdo con más cariño se produjo hace seis o siete años, cuando Luis G. Prado, editor de Bibliópolis/Alamut, me propuso traducir la novela Blindsight, de un para mí absoluto desconocido Peter Watts. Comoquiera que nunca le he hecho ascos a ningún encargo y tampoco iba a empezar en aquel preciso momento, acepté, dediqué los días que tardé en recibir un ejemplar en versión original a informarme acerca de la sinopsis de la novela (rehuyendo en el proceso todo lo que oliera a reseña, pues no quería predisponerme excesivamente a favor ni en contra de una historia con la que iba a tener que compartir mi día a día durante varios meses) y, cuando esta por fin llegó a mi poder, puse manos a la obra… o lo intenté: recuerdo que tardé una mañana entera en encontrar una opción medianamente satisfactoria para el título (opción que mudaría la piel al cabo de varias semanas, cuando al concepto de Visión ciega por fin le dio la gana de venir para quedarse), pero después de aquello todo fue como la seda. Volveremos sobre esto último un poco más adelante.

Visión ciega, a la sazón, supondría el primer desembarco en lengua española de su autor, un canadiense con formación en biología marina cuya obra gravita en torno a los ejes fundamentales del techo y el suelo de las dos grandes fronteras inexploradas por la humanidad: los confines del universo y las profundidades oceánicas; escenarios inhóspitos, cuando no inherentemente hostiles al hombre, que han sido y continúan siendo objeto de innumerables estudios por parte de este, lo que no impide que ambos continúen brindándonos más interrogantes que respuestas. Otro rasgo distintivo de la narrativa de Watts es la calculada deshumanización de los protagonistas de sus historias, deshumanización que tiende a manifestarse en forma de inadaptación cognitiva o afectiva a lo que podríamos considerar un hábitat «normal», y que acostumbra a demostrar ser la herramienta más adecuada para mimetizarse y sobrevivir en unos hábitats de natural tan árido como despiadado.

En Visión ciega tendríamos como buena muestra de esta clase de personaje arquetípico en el narrador en primera persona de la novela, Siri Keeton, quien tras someterse en la infancia a una extirpación cerebral para mitigar los ataques de epilepsia que lo atormentaban termina convirtiéndose en un espectador aislado de lo que observa, un «sinteticista» con principios de autismo que puede percibir e interpretar la conducta de sus semejantes a través de la postura y la mímica facial de los mismos, pero al que empatizar con ellos le resulta tarea imposible. El modo en que este aparente hándicap devendrá a la postre en la baza más importante de Keeton y el resto de la tripulación de la Teseo, nave enviada al encuentro de la enigmática entidad alienígena que se autodenomina Rorschach, para salir con bien (o lo mejor posible, dadas las circunstancias) de las vicisitudes que rodean esta peculiar historia de «primer contacto» es asimismo algo consustancial a la peculiar filosofía narrativa de Watts, como dejara entrever ya la antecesora extraoficial de Keeton, Lenie Clarke, a quien el lector de esta antología se encuentra a escasas páginas de conocer.

Clarke (cuyo apellido rinde un nada disimulado tributo a Arthur C. Clarke, celebrado autor de ciencia-ficción y entusiasta explorador a su vez de los misterios tanto de los intersticios estelares como de las profundidades acuáticas), sobre la que recae el grueso del protagonismo de Un nicho, es una de las dos operarias de una estación submarina a la que, antes de bajar a su destino, se le ha realizado una serie de modificaciones físicas en aras de una mejor adaptación a su nuevo y abisal entorno. Serán sus peculiaridades psicológicas, no obstante, las que acaben apoderándose del escenario y… bueno, como decía, faltan tan solo unas páginas para que el lector pueda comprobar por sí mismo a qué me refiero. Cabe mostrarse menos críptico, sin embargo, para señalar dos curiosas peculiaridades bibliográficas de esta historia en concreto: la primera, que cronológicamente hablando se trata del primer relato que Peter Watts viera publicado jamás (en Tesseracts, 1990), toda una declaración de intenciones que en 1992 habría de saldarse con un Prix Aurora Award (ex aequo con Breaking Ball, de Michael Skeet); y la segunda, que como otros ejemplos de ficción breve que terminarían desbordando las constricciones propias de su formato para germinar en forma de obras mucho más voluminosas (pienso así, a bote pronto, en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, o en Los vampiros de la mente, de Dan Simmons), Un nicho comprende el primer capítulo de lo que en 1999 mutaría en Starfish, primera entrega de The Rifters Trilogy (cuyas segunda y tercera entregas se titularían Maelstrom y βehemoth, respectivamente) y demoledora carta de presentación ante un colectivo lector que no es que se rindiera precisamente (no de inmediato, al menos, y desde luego no en masa) a los pies de este semidesconocido que osaba anteponer la exploración introspectiva y la puesta en entredicho de los valores morales comúnmente aceptados al ya más que trillado «camino del héroe» y el sentido de la peripecia más convencional.

De su maratoniana inmersión en estas tres mastodónticas novelas (cuatro, si tenemos en cuenta que βehemoth vio la luz originalmente en dos partes, β-Max y Seppuku, un dictado editorial contra el que Watts nunca dejaría de rebelarse), que escarbaban en la psique humana hasta desenterrar aspectos de la misma a los que quizá resulte incómodo mirar a los ojos, salió Watts con el impulso necesario para romper el campo de atracción de la Tierra e impulsar la trama de su siguiente libro, Visión ciega, a la nube de Oort. Lo que me lleva a retomar el hilo allí donde lo había dejado y explicar que, en contra de lo que podría inferir que parece tras las numerosas observaciones al respecto que me han hecho en los últimos años, me lo pasé francamente bien traduciendo esa novela, tanto por lo que comentaba al principio de estar descubriendo un inesperado placer literario sobre la marcha como por la nada baladí cuestión de que el texto no estaba ofreciéndome excesivas complicaciones. Sé que esto no se lo va a creer mucha gente, pero lo cierto es que he sudado más con la traducción de algunos relatos de Asimov que con la de Visión ciega. ¿El motivo?

Creo que la respuesta a esta pregunta está íntimamente relacionada con la siguiente frase en particular, extraída de la crítica de Visión ciega que firma Alfonso García para la página de reseñas C: «[…] esta es una novela para crecer como lector». Se han vertido ríos de tinta acerca de esta novela, pero esta frase en concreto me dio que pensar y continuó invadiendo mis pensamientos durante días hasta que al fin comprendí qué era lo que tanto me fascinaba de ella: y es que también a mí me había hecho crecer esta obra, no sé si como lector, pero indudablemente sí como traductor. En retrospectiva, ahora puedo reconocer sin temor a equivocarme que aquel encargo en su día supuso para mí una lección que años más tarde me ayudaría a soslayar los obstáculos inherentes a otras traducciones no menos fascinantes y exigentes, como podrían ser la de La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi, o la de El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi. Y todo ello, insisto, pese a no ofrecerme «excesivas complicaciones». Esta es, para mí, la grandeza de esta novela y el motivo de que, si bien él no lo sabe, me sienta en deuda con su creador.

El público lector, comprensiblemente ajeno a estas cuitas personales e intransferibles del abajo firmante, reaccionó a la llegada de Visión ciega a las librerías polarizándose inmediatamente a favor o en contra de sus poco ortodoxos postulados. Hubo quienes tacharon el libro de ininteligible, de batiburrillo de ideas inconexas o de vacuo compendio de provocaciones. Hubo quienes rezaron para que, por favor, no fuera ese el camino por el que pretendía evolucionar su género favorito. Luis G. Prado, por su parte, sentenciaba en su blog: «[…] comprendo algunas reacciones airadas de quienes esperaban encontrar una narración más clásica, más previsible y más aburrida: lamento que la novela resultase ser mejor de lo que imaginabais». Que Visión ciega puede que no sea del gusto de todos es incuestionable, pero no lo es menos el hecho de que llegó a nuestro país a hombros de hasta cuatro nominaciones a otros tantos prestigiosos galardones (Hugo, Campbell, Locus y Geffen), y que en 2010 la edición de Bibliópolis obtuvo además una candidatura a los premios Ignotus y el premio Xatafi-Cyberdark al mejor libro de ficción extranjero en castellano. Nada de todo esto, sin embargo, impidió que el resto de la producción literaria de Peter Watts permaneciera inédito en España (que no en español, ya que la revista argentina Cuásar publicó una primera traducción de La isla en 2011, un año después de que recibiera el premio Hugo a la Mejor Novela Corta) hasta hace tan solo unos meses, cuando la encomiable iniciativa de Cuentos para Algernon, bitácora consagrada a la ficción en su variante más breve, nos presentaba el excelente relato Los ojos de Dios, cuya lectura no puedo por menos de recomendar a todo el que llegue a la última página de esta antología con ganas de leer algo más de su autor.

Me resta tan solo desear que así sea, en primer lugar, y en segundo agradecer de corazón tanto a Silvia como a Susana, las intrépidas timoneles de este proyecto tan valiente como necesario que responde al nombre de Fata Libelli, que me hayan brindado la inestimable oportunidad de reencontrarme con el universo de Watts. Ha sido un verdadero placer.

 

Manuel de los Reyes