El weird: la historia del miedo (II)

Lovecraft

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Una vez resucitado o reanimado este interés por lo weird, cada vez más lectores inoculados con lo extraño ansiaban encontrar experiencias lectoras similares a la de Ligotti o beber del mismo pozo del que él ha bebido, siempre atentos en el foro de Thomas Ligotti Online para cazar una novedad o un viejo hallazgo que los satisfaga. En esa resurrección quizá también tenga algo que ver ese New Weird a cuya cabeza se sitúan Michael Cisco (uno de los primeros en adherirse al manifiesto), Jeff Vandermeer y China Miéville, que a pesar de su aparente modernización se puede interpretar como una vuelta a las raíces del weird, donde la distinción entre fantasía, ciencia ficción y terror no era tan elaborada como lo es hoy, pero sin la inocencia de pretender que las distinciones ya no existen. Y es que la palabra weird, como la palabra “gótico”, se ha estirado tanto que ha pasado de ser un género a ser una categoría estética.

Probablemente sea este New Weird el que ha confundido aún más la ya de por sí confusa nomenclatura, de forma que mencionar la palabra weird hace que de inmediato se piense en esta corriente. Y la diferencia puede ser sustancial: mientras que muchos autores de lo que llamamos New Weird como Miéville y Cisco son muy conscientes de desestabilizar las fronteras de los géneros y de buscar nuevas formas de expresión, otros precisamente tratan de mantenerse fieles a un canon pasado. Precisamente, para complicar aún más las cosas, Ann y Jeff Vandermeer publicaron el año pasado una monumental antología con el título The Weird, en el que pretendían recopilar una serie de historias de distintos autores que, inevitablemente, sugieren la formación de un canon. Nada en su prólogo (a cargo de Michael Moorcock) o en su epílogo (en las heterodoxas manos de Miéville) puede servir para definir la literatura weird; de sus palabras más bien se deduce que “el weird está en los ojos del que mira”. No hay más que leer las definiciones de algunos de los autores antologados para darse cuenta. Entre las ideas que lanzan están la de la ambigüedad, el desafío de las convenciones, lo sobrenatural, la desfamiliarización de lo cotidiano, etc. Quizá el argumento más importante que pretende esgrimir esta antología es que una historia weird no equivale necesariamente a una historia de terror, a pesar de que en su portada decidieran, paradójicamente, poner un voluminoso libro ajado en el interior de una galería gótica sostenido por un tentáculo, sino que pertenece sin más al género fantástico, más cerca del surrealismo, el absurdo y lo irracional. También es loable su intento de abrir las fronteras del género más allá de la pluma anglosajona incluyendo autores como Borges, Cortázar, Bruno Schulz, Jean Ray, Dino Buzzati, Murakami… El intento, no obstante, se va diluyendo conforme la antología se acerca al presente, donde los relatos se concentran de nuevo en la prosa anglosajona.

Así pues, podemos hablar de dos tendencias: aquella que identifica el relato weird con todo aquel intento desestabilizador y desfamiliarizador de la realidad tan propio de lo fantástico o aquella que identifica weird con la escritura continuadora de los primeros clásicos del género. Para algunos serán definiciones excluyentes y para otros serán habitaciones de la misma casa. En ambas, en cambio, es palpable la inclinación a definirse como un tipo de terror “literario”, que es eso que, misteriosamente, los anglosajones oponen al cultivo del género como si fueran mundos incompatibles o poco dados a encontrarse; es decir, un esfuerzo por cuidar la prosa, ya sea elegante o aberrantemente, y de cuidar la estética por encima de esa sucesión de episodios que llamamos argumento. Tanto es así que el propio S. T. Joshi excluye de su conceptualización de lo weird “aquellas obras inferiores de la literatura popular” simplemente porque la prosa es pobre o su autor se preocupa más de mostrar escenas truculentas.

Aparte, pues, del tremendamente popular, si bien efímero, auge del New Weird, en los últimos años se ha producido un modesto (al menos en cuanto a lectores) florecimiento de ese weird que llamaremos canónico, o a la antigua. La pequeña editorial británica Tartarus Press, fundada en 1999, publica únicamente lo que ellos llaman “historias extrañas”, más bien decimonónicas, en cuyo catálogo conviven viejos monstruos del género como Machen, Walter de la Mare, E.T.A. Hoffman, Ambrose Bierce y William Hope Hodgson, junto a autores modernos como Angela Slatter, Rhys Hughes, Quentin S. Crisp y Reggie Oliver. En una editorial tan sumamente especializada, esa buscada compañía de nombres, ese “dime con quién andas y te diré quién eres” del catálogo, da muchas pistas de lo que podemos encontrar. Además de Tartarus Press, existen otras pequeñas editoriales especializadas como Ex-Occidente, Centipede Press o Swan River Press que siguen manteniendo con vida esa tradición clásica del relato weird para connoisseurs y aficionados. Reggie Oliver, Quentin S. Crisp y Mark Samuels, que aparecerán en nuestra primera colección, crecieron al abrigo de esos sellos a pesar de haber seguido carreras diferentes.

Reggie Oliver es un escritor de relatos que podríamos llamar “de fantasmas”, aunque paradójicamente no siempre aparezca un fantasma en ellos. Dramaturgo y actor, además de escritor, lo suyo es contar historias. Admirador de M. R. James, Walter de la Mare y Robert Aickman, se ha centrado en escribir en esa tradición transportándola a la Inglaterra contemporánea. Más que tratar de trascender los géneros, Oliver considera que los márgenes son lo bastante amplios para explorar solo uno, lo cual tiene no poco mérito en una época que a veces parece haber perdido la fe en el engañosamente simple arte de narrar. En sus relatos predomina el trasfondo teatral, los relatos de anticuario a la James, la ironía y la autenticidad de las voces narrativas. Suele ser común que sus relatos aparezcan en las antologías de terror que se publican todos los años (la próxima que contará con un relato suyo es Weirder Shadows Over Innsmouth) y él mismo ha publicado varias colecciones de relatos, entre ellas Mrs Midnight and Other Stories, que estuvo nominada al British Fantasy Award y al World Fantasy Award, aunque terminó llevándose el Children of the Night que otorga anualmente la Dracula Society (y que se ha concedido a otros autores tan dispares como Terry Pratchett [1987, Mort], Ramsey Campbell [1989, Ancient Images] y Kim Newman [1992, Anno Dracula]).

Quentin S. Crisp es un autor algo más iconoclasta. Si bien la influencia de Machen y Lovecraft, y su interés por Ligotti, es patente en muchas de las cosas que escribe (Ynys-y-Plag es el caso más paradigmático) su obra también deja ver su pasión por la literatura japonesa, sobre todo el zuihitsu, que mezcla el ensayo, la ficción y la autobiografía en una misma pieza. Ha publicado varias antologías de relatos y alguna novella, y es además editor en Chômu Press, editorial que pronto lanzará la próxima novela del autor de culto Michael Cisco. Echar un vistazo por el catálogo de la editorial da una idea de sus afinidades estéticas, aunque no necesariamente de cómo las transforma en su obra, siempre cambiante. Fue en Chômu donde apareció The Man Who Collected Machen and Other Weird Tales, de Mark Samuels, una recopilación de relatos sobre crípticos lenguajes, la fascinación por lo oculto y lo esotérico y el horror cósmico que corroe la realidad cotidiana. Mark Samuels, cuyo relato “The White Hands” apareció en el The Weird de los Vandermeer, es uno de los autores contemporáneos en el que más se nota la influencia de Machen y Lovecraft. Su primera colección de relatos, The White Hands and Other Weird Tales (Tartarus Press, 2004), fue nominada al British Fantasy Award, pero en lugar de llevarse el premio se tuvo que conformar con las buenas críticas.

Como podemos ver el weird y el relato de terror en general gozan de muy buena salud, más allá de las antologías y los pequeños sellos, y sigue apareciéndose, como género tentacular y proteico que es, en otras editoriales más genéricas como Night Shade Books, Tor, PS Publishing o Subterranean Press, donde rebuscando en sus catálogos, encontramos otros nombres importantes como Laird Barron y Caitlín R. Kiernan, en cuya ficción está siempre presente la influencia de Lovecraft. Mención especial, además, merece el sello canadiense ChiZine que, bajo el término poco comprometedor de “ficción oscura”, publica grandes libros de relatos de inquietante terror contemporáneo como los de David Nickle o Robert Shearman.

Y es que, señoras, este muerto está muy vivo.

Este artículo forma parte del prólogo de Sui generis, una antología de cuentos extraños e inquietantes.