El weird: la historia del miedo (I)

Rackham

Este artículo forma parte del prólogo de Sui generis, una antología de relatos extraños e inquietantes.

La historia de la literatura de terror es una historia de acechadores y acechados, de presencias y de ausencias, de lo familiar y de lo extraño. Qué o quién ocupa cada papel es algo que se va alternando con el curso de la historia, en función de las inquietudes de cada época, en función de a qué llamemos “otro”. Porque la historia de la literatura de terror es fundamentalmente la historia de un otro amenazante, misterioso, extraño, abyecto. Y podría decirse también que la historia de la literatura de terror es el avance de ese otro, cómo va ganando terreno hasta que lo convierte en algo indistinguible del “yo”, de nosotros.

El relato de terror propiamente dicho no nace hasta el siglo XVIII. Hasta entonces, el mundo sobrenatural y el mundo natural se habían comportado en la imaginación del hombre como una armónica unidad. Muestra de ello dan los relatos folclóricos y los cuentos de hadas, donde los humanos conviven con seres mágicos y animales parlantes sin que esto produzca ninguna extrañeza o asombro en sus protagonistas. Sin embargo, aquellos dos mundos se fueron poco a poco separando hasta que la Ilustración introduce una frontera divisoria entre esas dos dimensiones; es entonces cuando el mundo sobrenatural se convierte en el Otro. La frontera, eso sí, no es un muro de ladrillo que consiga mantener separados los dos territorios, evitar cualquier contacto. Es más bien una membrana permeable que permite al curioso, atraído por la sugestiva invitación de lo desconocido, cruzar al otro lado y que a su vez permite a lo sobrenatural filtrarse en el mundo natural.

Ilustración de Walter Crane donde la bella y la bestia charlan animadamente como si tal cosa.

Con el nacimiento de la novela gótica, una evolución de aquellos cuentos folclóricos tradicionales, el territorio se va dividiendo entre lo racional cognoscible y lo numinoso incognoscible. En la novela gótica el fantasma es la barbarie del pasado medieval que amenaza con destruir el presente, con destruir la estabilidad del sujeto. Durante el Romanticismo y la época victoriana, en cambio, proliferarán los relatos de fantasmas, las casas encantadas, de tal modo que es ese preciado refugio doméstico lo que el otro mundo quiere reclamar para sí, como querrá también reclamar, casi metonímicamente, a las mujeres que la habitan (la mujer es la casa, el territorio, el reino). Con el extenderse de esa sombra y las nuevas teorizaciones sobre el sujeto será la propia psique del hombre la que se vea amenazada, dando lugar al nacimiento del terror psicológico. Con la literatura weird el incorpóreo fantasma victoriano, ese fantasma de la mente, se materializa y atormenta la propia naturaleza del hombre y del mundo en el que vive.

Aunque críticos como S. T. Joshi reconocen que usan el término “terror” y “weird” como intercambiables, lo cierto es que esta última palabra, históricamente, está sobre todo relacionada con una serie de autores que hoy se han convertido en canónicos: Clark Ashton Smith, William Hope Hodgson, M. R. James, Algernon Blackwood, Arthur Machen y por supuesto, H. P. Lovecraft, el escritor más importante en este ámbito. Fue él el primero en acuñar el término “weird” para definir el tipo de ficción que él mismo cultivaba y también la de aquellos cuya visión consideraba próxima:

“El verdadero cuento sobrenatural contiene muertes secretas, huesos ensangrentados o una forma envuelta en sábanas y agitando cadenas, según los cánones establecidos. Ha de estar presente cierta atmósfera de inquietud e inexplicable miedo a fuerzas desconocidas y ajenas, y ha de haber un atisbo, expresado con la apropiada serenidad y sentido de portento, de esa concepción, supremamente terrible, del cerebro humano, que es la de la maligna y específica suspensión o abolición de esas leyes inmutables que constituyen nuestra única salvaguarda contra el ataque del caos y los demonios del espacio insondado.” (El horror sobrenatural en la literatura, p. 129, ed. Edaf, traducción de José A. Álvaro Garrido)

Encontramos en este pasaje algunas de las características que definirán este movimiento literario. La atmósfera, la acechante extrañeza que se infiltra en la realidad que conocemos, la violación de las leyes inmutables de la naturaleza apenas atisbada, lo (a veces, no siempre) sobrenatural. Más tarde Lovecraft señalará también la importancia de Edgar Allan Poe en la deriva del género hacia el weird por la importancia que este último otorga al relato, en contraposición a la novela, como forma privilegiada del weird. Es más, esa atmósfera barrerá casi por completo al argumento y se privilegiará en muchas ocasiones un simple inventario de sucesos, de escenas, de imágenes por encima de la acción narrativa. Así, muchos de los “relatos de fantasmas” de M. R. James no son más que descripciones de lo extraño y La llamada de Cthulhu solo tiene por argumento la progresiva realización del espanto de la criatura que habita en el fondo marino.

Entre los cultivadores de lo extraño cada uno aporta, naturalmente, su cosmovisión particular. Machen era un místico antimaterialista en lucha contra el racionalismo científico; Blackwood se embebe de un espiritualismo centrado en el sentido de la maravilla; M. R. James representa la obsesión con la técnica de un género y sus fantasmas la degeneración del pensamiento racional; la ficción de William Hope Hodgson encarna los horrores de la guerra. En cualquiera de las acepciones que sugiere la palabra weird (extraño, sobrenatural, insólito, inquietante), en sus narraciones siempre hay algún elemento excéntrico (fuera del centro), ya sea por la elección del tema, de los personajes o incluso por la prosa, todo ello muy alejado de los ambientes más mundanales habitados por personajes corrientes que viven situaciones cotidianas de autores como Stephen King o Peter Straub.

Harry Clarke

Otra de las características que ha definido la tradición weird es la galería de monstruos alejados del folclore moderno, como ha hecho notar Miéville entre otros, que nos espera en las páginas de estos relatos. Y es que en la literatura weird abundan las imágenes de naturaleza y cuerpos abyectos: lupinas y simiescas, sí, pero también viscosas, tentaculares, fungosas o de una repulsividad inefable. Incluso los “fantasmas” de los relatos de fantasmas de M. R. James ya no serán los entes etéreos de sus predecesores, sino entidades corpóreas. La proteica cualidad de estos monstruos fue incubándose en el caldo de cultivo de profundos cambios y descubrimientos de las postrimerías del siglo XIX. La teoría de la evolución dinamitaba la visión antropocéntrica y sugería que el hombre no era más que una especie entre otras, que descendía, en palabras del propio Darwin, de un “cuadrúpedo peludo” que a su vez descendía de alguna clase de marsupial, y ese “a través de una forma de líneas diversificadas, de algún pseudorreptil o pseudoanfibio, hijo de algún antiguo pseudopescado”. Surgen entonces los intentos científicos de racionalizar lo monstruoso. Ni más ni menos que un médico y un psiquiatra tratan de vencer a la encarnación del mal que es el Drácula de Stoker; vendrán después el Carnacki de Hodgson, el grupo de científicos de En las montañas de la locura. Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, el horror bélico suscita imágenes de cuerpos abyectos, de carne putrefacta y de híbridos abominables. La propia naturaleza se convierte en el Otro.

Aunque la fase de 1880-1940, según la data S.T. Joshi, será la de mayor productividad para este movimiento, “no está muerto lo que puede yacer eternamente”. El propio Joshi dedicó un libro al relato weird moderno en el que incluía análisis de la obra de Shirley Jackson, Robert Aickman, Ramsey Campbell (cómo no, más por sus relatos que por sus novelas) y Thomas Ligotti. A esta lista de maestros contemporáneos que siguen cultivando lo extraño podríamos añadir otros autores como Caitlín R. Kiernan, T. E. D. Klein o Laird Barron. Pero de todos estos es sin duda Thomas Ligotti quien ha tomado con mayor firmeza el testigo de Lovecraft en ser el centro en torno al que orbita toda una generación. Para Ligotti, como decía Dostoievski en Memorias desde el subsuelo, “ser demasiado consciente es una enfermedad”. Ahora la propia existencia es el monstruo. Para Ligotti ya ni siquiera existe un “yo” que pueda defenderse de ese otro, porque no existe el individuo, la conciencia de uno mismo no es más que una ilusión. El monstruo desaparece de escena y solo queda la víctima. A veces ni siquiera la víctima y solo el escenario.

Thomas Ligotti - Teatro Grottesco by Sergiy Krykun

Ligotti epitomiza muchas de las características que Lovecraft había dibujado para el relato weird: cultivo de la forma breve (hay relatos de solo una página), preponderancia de la atmósfera (convertida en escenas e imágenes alucinatorias) sobre el argumento, prosa exuberante fabricada para conseguir un efecto de extrañeza que apenas puede aludir a nada más que a sí misma. Aparte de la obvia influencia de Lovecraft, que siempre ha manifestado, la renovación que hace Ligotti de la literatura weird se debe a que vuelve la mirada a clásicos fuera del mundo anglófono como los simbolistas franceses (Baudelaire, Valéry), Thomas Bernhard, Kafka o Bruno Schulz. Con sus pocas colecciones de relatos ha conseguido granjearse una pequeña legión de seguidores que lo han elevado a la categoría de autor de culto.

[[La segunda entrega de este artículo, con reseñas sobre nuevos autores, aquí.]]