Space is the place!

Toda la información que aparece en este artículo es una aproximación sujeta a cambio, porque el afrofuturismo está vivo, crece y se multiplica sin parar.

Sun Ra decía venir de Saturno y haber llegado a la tierra con la misión de salvar a la humanidad mediante su música. Sus prodigiosas composiciones, siempre en la vanguardia del jazz, siguen una filosofía mítica que mezcla elementos de la ciencia ficción, del Egipto antiguo, de la numerología, de la lucha por la igualdad de razas y de otra infinidad de influencias cambiantes. Escuchen, escuchen.

Su obra visual por antonomasia es Space is the place: una película setentera de estética indescriptible que narra cómo Sun Ra encuentra un planeta paraíso donde decide llevar a otros afroamericanos para empezar una vida libre de opresiones. Sin embargo, de vuelta en la Tierra el músico debe enfrentarse con una suerte de proxeneta-explotador-supervillano que, en alianza con el FBI, trata de impedir sus planes. Entre reflexiones políticas y actos musicales, el destino de su empresa acaba por decidirse en una partida de cartas metafísica jugada en medio del desierto. Tras varios enfrentamientos, Sun Ra vence a su adversario y logra escapar de la Tierra en su nave espacial justo antes de que el planeta explote.

La obra de Sun Ra es una de las bases fundamentales del afrofuturismo: una forma de cultura popular heterogénea que reflexiona sobre la diáspora africana a través de una visión futurista y tecnófila, con incursiones en la fantasía, la magia y la historia antigua. Sus preocupaciones se manifiestan en múltiples forma expresivas, por ejemplo en novelas de ciencia ficción (Samuel R. Delany, Octavia Butler o Nalo Hopkinson), en ciertas formas musicales como el jazz, el funk o el hip hop (Sun Ra, George Clinton, Janelle Monáe), en películas (Distrito 9), en fotografía (Renée Cox, Cristina de Middel con Afronautas), cómic (Truth: Red, White and Black), etcétera.

Aunque la palabra “afrofuturismo” se acuña en los noventa, el movimiento bebe de una larga tradición narrativa. En el siglo XIX y principios del XX no faltan ejemplos de escritores negros de ciencia ficción, como Martin Delany, que participaron en el nacimiento del género aportando cuestiones sobre tolerancia y racismo. Y como Samuel R. Delany explica en este fundamental artículo sobre racismo y ciencia ficción (insisto, léelo), buena parte de aquella primera narrativa de género fue publicada en revistas pulp cuyos editores jamás vieron las caras de sus autores. La comunicación tenía entonces lugar por carta, y dado que el uso de alias literarios era la regla, no tenemos forma de conocer ni el sexo ni el origen de buena parte de aquella generación de pioneros de la ciencia ficción.

Última viñeta del famoso cómic Judgement Day, que fue censurado en 1956 porque estaba protagonizado por un personaje negro. El cómic es corto y vale mucho la pena leerlo entero.

En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, gracias al fuerte entusiasmo por el progreso tecnológico que incendió las mentes de tantos estadounidenses, la ciencia ficción se popularizó como género, forma de pensamiento positivo y estética.

Así, en los cuarenta, cincuenta y sesenta el espíritu afrofuturista se convirtió en inspiración importante para músicos de jazz como el citado Sun Ra o Lee “Scratch” Perry, que se presentaban a sí mismos como descendientes de alienígenas venidos a la tierra para preparar a los humanos para su nuevo destino en las estrellas (este pedantísimo documental explica bien su mensaje: los descendientes de la diáspora africana no sólo comparten un gran pasado sino un brillante futuro donde no se les niega el saber tecnológico). Otros músicos posteriores influidos también por la misma narrativa son George Clinton (Parliament-Funkadelic), Public Enemy y, más recientemente, Janelle Monáe (sus dos primeros discos siguen la historia de un androide en un futuro distópico y son un carta de amor abierta a la Metrópolis de Fritz Lang).

En comparación con su explosivo desarrollo musical, el espíritu afrofuturista tuvo un avance más lento en la narrativa de ciencia ficción; como si le costara encontrar su lugar en la cada vez más profesionalizada industria editorial. No se puede dejar de recordar aquí que en 1967 John W. Campbell se negó a serializar Nova de Delany por cuestiones relacionadas con las raíces africanas del protagonista de la historia; según cuenta Delany, Campbell alegaba que el público no estaba preparado para leer una historia con un héroe negro.

Este número de Science Fiction Studies dedicado al afrofuturismo cuenta también como algunos académicos de la misma época trataron de justificar que, dado el alcance cósmico y científico del género, en realidad no pasaba nada porque la mayor parte de la ciencia ficción del momento pasara por alto las cuestiones raciales y pintara un futuro casi completamente blanco. Según su razonamiento, puesto que la ciencia ficción describe universos muy lejanos en el futuro, poblados por montones de razas alienígenas, con una humanidad culta y confiada en la ciencia, se podía dar por hecho que cuestiones tan desatinadas como la del racismo habrían quedado olvidadas hace mucho. Pero claro, al igual que la ciencia ficción no se convirtió en un género importante para el feminismo a base de ignorar a las mujeres sino de confrontar sus problemas y de pintarlas en condiciones de igualdad, el afrofuturismo reclamó también una discusión abierta sobre cuestiones de convivencia racial en la narrativa de género.

Así sucede con algunas de las mejores novelas de Octavia Butler, que se encuentran entre los grandes hitos de la narrativa afrofuturista: Kindred (1979), sobre una joven afroamericana que viaja en el tiempo a una plantación del siglo XIX o la inquietante Amanecer (1987), sobre la problemática integración social y sexual de los humanos con una raza alienígena.

Las implicaciones sociales del afrofuturismo (su papel como medio de canalizar la experiencia de aislamiento, su capacidad para imaginar un mundo igualitario) son extremadamente complejas, y todavía queda mucha discusión sobre su influencia en el desarrollo de la ciencia ficción más canónica. Si te interesa el asunto, puedes colaborar con esta antología de literatura afrofuturista donde participan Lauren Beukes, Tobias Buckell, Silvia Moreno-García y muchos otros: Mothership: tales from Afrofuturism & Beyond. Aquí dejamos también la referencia a un prometedor ensayo de próxima aparición y una lista de lecturas.