La fantasía bajo sospecha: el caso de Darko Suvin

Ya en otras ocasiones hemos hablado de las acusaciones de escapismo vertidas sobre los distintos modos de lo fantástico que se han utilizado para restarle cualquier importancia cultural, ridiculizar a los lectores o incluso desaconsejar su lectura. Capa y espada, pistolitas y láseres, magos y orcos, vaqueros en el espacio. Todo es caricaturizable y risible cuando se simplifica en exceso: así visto, Hamlet no sería más que la aburrida historia de un chalado al que se le aparece su padre después de muerto y que se pasa la obra dudando si vengarse o no. Sin embargo, sí es cierto que los géneros populares tardaron en empezar a ser considerados seriamente y esa aceptación tampoco se ha repartido equitativamente ni se ha producido al unísono o unánimente. Incluso dentro de los propios críticos de la literatura fantástica, un género como la fantasía se ha visto con la ceja enarcada y cierto aire de descrédito o de escepticismo en beneficio de otros más serios y sesudos como la ciencia ficción.

Los géneros populares, en general, no empezaron a ser tomados académicamente en serio hasta la llegada del formalismo y el estructuralismo que, lejos de preocuparse por el contenido o temática de las obras se centraron en cómo estaban construidas. Como es bien sabido, fue Todorov el primero en tratar de definir lo fantástico, señalando, de paso, que la antigua distinción entre forma y contenido es arbitraria puesto que el suceso del relato se torna en elemento formal a la hora de adscribirlo en una u otra categoría. En él defendía una diferenciación entre lo fantástico, textos ambiguos en los que el lector vacila entre una explicación racional o paranormal de los hechos narrados, como Otra vuelta de tuerca; o maravilloso, donde se construye un mundo que nada tiene que ver con nuestro mundo real, con sus propias leyes, como sería El señor de los anillos. Y ya que se pone, también habla de lo extraño, que sería una narración de algún suceso peculiar pero que termina explicándose racionalmente. El problema del estudio de Todorov es que su teoría deja muchos cabos sueltos y tiene muchas limitaciones para definir la fantasía y la ciencia ficción: el mismísimo Stanislaw Lem ya en 1974 deja a Todorov un poco con las vergüenzas al aire, entre otras cosas, por el escaso corpus de obras elegido, por la supuesta cientificidad del método aplicado y por la inclusión de la ciencia ficción dentro de lo “irreal maravilloso”. Es precisamente la falta de obras de fantasía o ciencia ficción propiamente dichas, el corpus tan limitado de obras escogidas, lo que Lem critica de un análisis que Todorov defiende como “teoría”.

En el juego de rol Midnight, el orco es el rey.En el juego de rol Midnight, el orco es el rey.

Quien sí tendría mucho que decir, y mucho, acerca del contenido de la literatura fantástica será Darko Suvin en un libro ya clásico: Metamorphoses of Science Fiction (1979). Este libro marcará una tendencia a la hora de avalar la ciencia ficción como rigurosa y sustancial y desaprobar la fantasía como escapista e inocua. Darko Suvin utiliza una serie de conceptos, aún hoy relevantes dentro de la crítica, para definir (y validar) la ciencia ficción como objeto de estudio: el “extrañamiento cognitivo”, el “novum” y el parentesco de la ciencia ficción con la utopía. Suvin toma la noción de extrañamiento de los formalistas rusos (la ostranenie o defamiliarización) y el verfremdungseffekt (palabro donde los haya que significa “efecto de distanciamiento”) de Bertold Brecht para definir el elemento característico de la ciencia ficción: hacer que lo conocido parezca extraño o extrapolar lo conocido a lo desconocido para observarlo con mirada distinta. Suvin, aunque más tarde lo matizaría, en ese primer libro, sin embargo, no salvaba la fantasía de la quema por su énfasis en lo racional y la llamaba “subliteratura de la mistificación“. Según Suvin, la diferencia entre la ciencia ficción y otros géneros de extrañamiento como la fantasía es que las extrapolaciones son lógicamente consistentes. El novum, por otra parte, es aquel concepto nuevo o diferente que no existe en el mundo del lector, es racional y no maravilloso y está sustentado por la ciencia. En la literatura de ciencia ficción los nova serína los viajes en el tiempo, la singularidad, las mutaciones, la inteligencia artificial, etc. Suvin recoge el término del filósofo alemán Ernst Bloch, quien lo usó referido a la utopía en el sentido de lo que aún no existe, pero está por venir, lo que es posible. Así pues, según Suvin, la literatura de ciencia ficción es un vehículo privilegiado para plantear e impulsar cambios en la historia. Ciertamente, existe una corriente utópica sobre todo en los albores de la literatura fantástica anglosajona que se suele relacionar con el nacimiento del género: Edward Bellamy (Looking Backward, 1887) William Morris (Noticias de ninguna parte, 1890), H.G. Wells (Una utopía moderna, 1905). Otra cosa es que sea la única y la única válida.

Imaginación y ciencia, todo en uno

Imaginación y ciencia, todo en uno

Además, ¿acaso la fantasía no tiene también su novum?

Para Suvin la ciencia ficción es una mezcla entre lo racional y lo imaginativo. Opone lo mítico a lo científico y desdeña así la fantasía en tanto que la considera indiferente de cara a la comprensión del mundo, una mera consolación ante lo real, un relato fuera del tiempo que nada tiene que decir de la realidad. Además, la fantasía se opone furibundamente a lo racional y entronca con el misticismo y la religión. Los lectores de fantasía son “consumidores pasivos” (“lectores narcotizados”, los llama, en este artículo que se puede descargar aquí, pobres parias a quienes la crisis del capitalismo ha dejado en barrena ideológica y buscan consuelo en un determinado tipo de ficción) mientras que la ciencia ficción promueve el pensamiento crítico.

Aunque matizado posteriormente, el desprecio de Suvin hacia la fantasía viene en gran parte motivado por su ideología marxista y el valor que le otorga a la función utópica de la ciencia ficción. La desconfianza largo tiempo sostenida de parte de la crítica hacia la fantasía se mantuvo también gracias a que Suvin fue el cofundador de la revista Science Fiction Studies, una de las revistas más influyentes en la crítica literaria de lo fantástico, de corte marxista, pensamiento en buena parte receloso de todo aquello que no tuviera un firme compromiso con la realidad. Es ese anclaje de la ciencia ficción en lo empírico y racional del que críticos como McCalmount o Paul Kincaid parten cuando la tildan de irracional para mostrar su desacuerdo con la ciencia ficción contemporánea, alegando que se aleja de sus raíces y se olvida de cualquier posible relación con la realidad, ya sea presente o futura.

La cicatriz: una fantasía que trata temas como el colonialismo y el imperialismo

Tampoco podemos olvidar que gran parte de la fantasía ha seguido la estela conservadora de Tolkien y que durante mucho tiempo se ha imitado ese modelo concreto hasta desgastarlo; pero eso no significa que la fantasía per se, como medio para pensar la realidad, sea un medio menos válido que cualquier otro. China Miéville, impulsor de una fantasía conscientemente contraria a la de Tolkien, ha defendido en numerosas ocasiones la fantasía como un modo literario capaz de suscitar una reflexión sobre la realidad. En “Marxismo y fantasía: una introducción” (que se puede descargar aquí) explica que, si bien la fantasía no es inherentemente subversiva (como tampoco reaccionaria) contiene una premisa radical: que lo imposible es, a efectos del mundo creado en la ficción, real. Esto conduce cuestionarse el concepto de “imposibilidad” y a redefinir lo “real”, a buscar en lo real sus potencialidades, lo que puede llegar a ser. Que, siguiendo a Marx, lo real y lo no real remiten el uno al otro, que la realidad es una grotesca forma fantástica. Miéville también aboga por el uso del término “fantástico” para referirse a todos los géneros que lo componen y considera que cualquier intento de distinción rigurosa entre ellos está destinado al fracaso. Además de que, bueno, como dice esta tira cómica de Abstruse Goose, a veces los unicornios son necesarios. Porque molan. Miéville enumera también una serie de títulos de obras de fantasía que subvierten no solo la idea de que la fantasía sea conservadora, sino que sea una literatura plenamente desligada de la realidad: Rats and Gargoyles, de Mary Gentle, The Year of Our War de Stephanie Swainston, el mundo de Gormenghast de Mervyn Peake, La hija del dragón de hierro, de Michael Swanwick

Hoy en día es una verdad a gritos que la fantasía vende mucho más que la ciencia ficción, lo que poco o nada tiene que decir sobre la calidad de los títulos publicados. La sombra de Tolkien sigue siendo alargada, pero la fantasía se ha ido librando poco a poco de su influencia y ha empezado a ser tomada en serio por la crítica dentro y fuera del género. No es necesario apelar para la “salvación” de un género (como no parece tan necesario con la novela realista u otros géneros considerados “serios”) a su capacidad para proponer alternativas posibles, su valor profético, ni exigirle que sea abiertamente contestatario. La literatura es algo distinto de la propaganda. Tampoco debería “salvarse” un género porque esté más o menos anclado en la realidad, porque, de todos modos, ese realismo literario no deja de ser una pretensión de realidad, hable de dragones o de madres solteras. Lo fantástico, después de todo, es la literatura de lo posible pero también de lo imposible y lo imposible se articula muchas veces con una coherencia interna tan metódica como la de lo posible en los planteamientos científicos. ¿Acaso no hay racionalidad en Mervyn Peake, por ejemplo, ni meticulosidad obsesiva en la creación de la Tierra Media?