En contra de la ficción

El lector de género entorna los ojos ante el enésimo comentario despreciativo que debe soportar en el último año cuando revela sus aficiones literarias. Que si la ciencia ficción es inverosímil, que si eso de la fantasía es para jugadores de rol, frikis y otra gente de mal vivir, que si donde esté una buena novela realista de ambientación contemporánea, urbana e intimista con pequeño conflicto amoroso no hay nada, etc. Y mientras el lector de género maldice en silencio y se pregunta si vive en una sociedad conjurada contra la imaginación, la fantasía y la ficción en general. Pues mira tú por donde, algo de eso hay.

En Occidente (en el Occidente rico y biempensante sobre todo) cualquier tufillo literario ha sido históricamente sinónimo de mala vida, peor reputación y un aura de falsedad. Y no es sólo a causa de la pobreza y puterío que en muchas épocas ha conllevado la labor del escritor (hay una larga tradición de respetables nobles y burgueses que escribían fantasías bajo seudónimo avergonzados por su vertiente literata), sino por el halo de falsedad que la ficción ha tenido asociada desde la antigüedad.

En un panorama intelectual donde la ficción se entendió durante siglos como imitación de la realidad, la ficción equivalía necesariamente a simulación, fingimiento, engaño y, en resumidas cuentas, a mentira.

Definición de ficción según el Diccionario de Autoridades (1732): FICCIÓN. s.f. Simulación se pretende encubrir la verdad, o hacer creer lo que no es cierto.

Definición de ficción según el Diccionario de Autoridades (1732): FICCIÓN. s.f. Simulación con que se pretende encubrir la verdad, o hacer creer lo que no es cierto.

Es más que sabido que Platón arrojó de su ciudad a los poetas dramáticos y épicos porque al narrar fingiendo imitar otras voces (las de sus personajes) hacían que el espectador se identificara con acciones esencialmente falsas. Y esta visión desconfiada con respecto a la ficción pasó luego en herencia a todos los padres de la filosofía desde san Agustín a Rousseau, quienes sin negar por completo la posibilidad reveladora del arte, en general entendían los alardes de imaginación como un evidente engaño.

Para paliar tan mala fama, durante siglos los poetas excusaron una y otra vez los peligrosos desvaríos de su pluma en la utilidad del arte imitativo para enseñar o para deleitar. Es el famoso tópico del docere et delectare, recogido por Horacio y luego repetido hasta la saciedad por todos los tratadistas poéticos: Los poetas o se proponen instruir, o deleitar, / o decir al mismo tiempo cosas agradables / y apropiadas a la vida.

La utilidad del arte se convierte desde entonces en excusa de la ficción, y con el tiempo los prólogos empiezan a acumular justificaciones mediante las que los autores subrayan los beneficios didácticos de la ficción para explicar su acercamiento a menesteres tan bajos y cercanos a la mentira como los literarios. Por ejemplo, en Los cuentos del conde Lucanor:

Y porque a muchos hombres las cosas sutiles no les caben en los entendimientos, porque no las entienden bien no toman placer en leer aquellos libros ni aprender lo que está escrito en ellos… Por ende… hice este libro compuesto con las más hermosas palabras que yo pude, y entre las palabras metí algunos ejemplos de que se podrían aprovechar los que los oigan. (c.a. 1330)

Buena parte de estas excusas no son desde luego sinceras (sino pura repetición de tópicos retóricos de humildad que se habían convertido en necesarios para justificar que a uno le hubiese dado la gana escribir una obra) pero su influencia se extendió incluso hasta los comienzos de la novela moderna.

"Ahora publicada por primera vez para cultivar los Principios de la VIRTUD y la Religión en las Mentes de los JÓVENES de los dos sexos. Una narración que tiene su base en la VERDAD y la NATURALEZA; y al mismo tiempo entretiene agradablemente...

Pamela de Richardson (1740): Publicada ahora por primera vez para cultivar los Principios de la VIRTUD y la RELIGIÓN en las Mentes de los JÓVENES de los dos sexos. Una narración que tiene su base en la VERDAD y la NATURALEZA; y al mismo tiempo entretiene agradablemente…

Solo a partir del Renacimiento, en Italia y en Gran Bretaña van apareciendo voces de críticos y poetas que mantienen que, además de aportar enseñanzas y modelos de conducta, la ficción también es válida porque sirve para darle gusto al lector. Así lo defiende Philip Sidney en su celebérrima Apology for Poetry, donde se esfuerza por explicar a sus contemporáneos que la ficción no es ni mucho menos igual a la mentira:

Now for the poet, he nothing affirmeth, and therefore never lieth; for, as I take it, to lie is to affirm that to be true which is false: so as the other artists, and especially the historian, affirmeth many things, can, in the cloudy knowledge of mankind, hardly escape from many lies: but the poet, as I said before, never affirmeth. (c.a. 1580)

La idea de que los arranques de fantasía no son un veneno moral y no requieren de ninguna justificación externa cristalizará finalmente con la filosofía kantiana del juicio estético y con la reivindicación de la imaginación personal del Romanticismo. En ese largo período (al tiempo que la novela se va imponiendo en popularidad) se va asumiendo la idea ya común en nuestros días de que no es necesario apoyarse en leyes morales ni en la finalidad de un texto para juzgarlo; sino que la ficción posee un valor por sí misma como puro objeto de placer. Es tal vez la primera vez en la historia de Occidente en que la originalidad personal y la imaginación se consideran aspectos cien por cien positivos.

Por fin, en este panorama uno pensaría que todo el monte debería haberse convertido automáticamente en orégano para la ficción fantástica más desenfrenada. ¿Qué salió mal? La literatura de género tiene una larga historia de novelas malas, pero también la tiene el resto de formas de escritura así que, ¿por qué está tan arraigado el prejuicio sobre la falta de calidad de la ciencia ficción, fantasía y demás?

Tal vez, porque la misma noción de “género” casa mal con las expectativas ideales de originalidad y expresión personal absolutamente libre que se nos han vendido en el último par de siglos.

Definición de ficción de Samuel Johnson (1755): FICCIÓN: 1, El acto de fingir o inventar. 2, La cosa fingida o inventada. 3, Una falsedad, una mentira.

Definición de ficción de Samuel Johnson (1755): FICCIÓN: 1, El acto de fingir o inventar. 2, La cosa fingida o inventada. 3, Una falsedad, una mentira.

Es decir, frente a la concepción de la ficción como imitación, la ficción como expresión de la voz interior implica que la originalidad del autor debería desafiar las reglas y las expectativas de lectura preestablecidas por los géneros, no sumergirse en ellas.

Este ideal arraigado en el corazón de nuestra cultura choca por supuesto con una realidad bien diferente. Primero porque todos los autores beben de muchos géneros, aunque no los practiquen. Y segundo porque aunque los autores de género se sitúen en la estela de una tradición antes de escribir, la creación de un texto nuevo supone siempre una inevitable transgresión de esas fronteras. Cada nuevo libro amplía por necesidad lo que esperábamos de un género y mueve sus límites (las clasificaciones culturales, al contrario que las naturales, se vuelven siempre contra los fenómenos clasificados, ya que una relación cerrada de géneros invita necesariamente a la rebelión).

Géneros como la novela negra y policíaca han ido ganándose un respeto entre el público y demostrando que escribir en los contornos de género es enriquecedor. También los códigos de la fantasía, tal vez por la influencia del cine, El señor de los anillos y Juego de tronos, se están popularizando. ¿Le tocará pronto a la ciencia ficción?