El anuncio de Campofrío ganó este año el Hugo y el Nébula

(El siguiente artículo es una amable colaboración de Julián Díez. Nos ha parecido muy interesante publicar su artículo porque ofrece una opinión completamente divergente de la que nosotras mismas expusimos sobre este tema hace algún tiempo.)

De forma simultánea, en uno de esos encuentros fortuitos que resultan tan gratos para armar un articulillo, dediqué durante las navidades una parte de mi tiempo a dos productos que han terminado por emparentarse en mi cabeza: el anuncio de los cómicos de Campofrío y la novela ganadora del Hugo y el Nebula de este año, Entre extraños, de Jo Walton, publicada hace un par de meses por RBA en su nueva colección. Es decir, la obra merecedora de los dos principales galardones del género, el de los escritores y el de los lectores, y que no coinciden ni un tercio de los años desde que existen, aunque sí lo hayan hecho en los tres últimos.

Un buen número de conocidos, indudablemente bienintencionados, han convertido el spot publicitario de la empresa choricera en la diana favorita de sus comentarios, en ocasiones furibundos y en otras irónicos, durante los últimos días. El resumen de sus argumentaciones vendría a ser: este anuncio banaliza los problemas que estamos sufriendo y vende con un aire más o menos virtuoso buena parte de las características como país que nos han llevado a donde estamos. Es decir, en medio de la ruina y al borde de la irrelevancia.

Personalmente, el anuncio me parece tramposo y lacrimógeno, pero ni indigno ni merecedor de las incontables críticas desatadas en su contra. Creo que sólo tiene un aspecto realmente desafortunado: el canto a los jóvenes que se marchan, con un tono que parece convertir un drama humano de presente y futuro para nuestra sociedad en una simpática incidencia.

La mayor parte de sus defectos pueden encontrarse en casi todos los habituales en estas fechas, desde el “Vuelve a casa por Navidad” hasta los del calvo de la Lotería. Una mañana televisiva cualquiera con Ana Rosa Quintana tiene mucho más material repulsivo por minuto, una ideología de fondo más rancia y está realizada con peor gusto.

En un determinado momento, me empezó a parecer que en el ataque al dichoso anuncio hay otros factores externos a él: un cierto complejo de superioridad sobre “esa gente corriente” a la que es posible dársela con queso a golpe de cursilería, y frente a la que resulta molón ponerse a la contra; y una negación de la identidad tribal, puesto que en el fondo este anuncio es lo que es España, con toda su caspa. Por triste que resulte, si al 90% de la población le gusta algo, es que a tu país le gusta eso, aunque a ti —y a otro 10% más— no.

Terminé por concluir que lo que me molestaba del tema era la decisión de un sector de la población de demonizar al resto por sentir algo pastelero y tramposo como cercano, divertido y emocionante. Mi postura es que ojalá España no fuera así. Pero es lo que tenemos. Y, al menos, el anuncio de marras tira de esa cuerda de una manera inteligente. Está bien hecho. Y la gente ya lo pasa bastante mal para quitarles una minúscula alegría solo porque sí.

Mientras polemizaba al respecto con algunos amigos, proseguía mi lectura de Entre extraños con creciente enfado. ¿Qué novelas ganaron el Hugo y el Nebula en la historia? Dune, La mano izquierda de la oscuridad, Los propios dioses, Cita con Rama, Los desposeídos, Pórtico, Neuromante… ¡Me cago en la leche! Vale que también hay alguna chunga como Paz interminable, pero ¿qué demonios hace esta novelilla en semejante compañía?

Entre extraños narra la historia de una adolescente galesa que, tras un enfrentamiento con su madre bruja que terminó con la muerte de su hermana y le dejó una cojera, inicia una nueva vida bajo la tutela de su débil padre, internada en un colegio de señoritas inglés. La cuestión es que la muchacha, a sus quince años, no sabe quién es Leonardo da Vinci —así lo dice el texto, no yo— pero se ha leído todo Heinlein, buena parte de Silverberg, montones de Asimov, y anda adentrándose en Delany y Zelazny. Para mayor empatía con el aficionado de cf más clásico, ¡ni siquiera le gusta Dick!

El librito es narrado en primera persona, en forma de diario, con un estilo suelto y de lectura veloz. Apenas tiene conflicto: lo peor ocurrió tiempo antes, fuera de cámara —otro homenaje al género, sin duda—, y para cuando llegamos al enfrentamiento culminante de este relato es evidente que la autora no tiene gran interés en él y lo resuelve casi de un plumazo. Hay una más o menos interesante revisión de la magia como algo incontrolable y a la vez cotidiano, pero pierde peso en la novela con el paso de las páginas. Las que van siendo cada vez más protagonistas son las lecturas de la narradora. Su pasión por la cf, su integración en un pequeño y encantador club de aficionados en una biblioteca de pueblo, su reafirmación personal y su noviazgo con un estupendo y guapísimo muchacho, también lector de género, y al que incluso podemos perdonarle que sí le guste Dick.

¿Trampas? Amigos míos… ¡La novela tiene todos y cada uno de los tics y trucos que cabe imaginar para que resulte simpática a un lector medio especializado en la cf! Tiene maduros personajes ejemplares heinlenianos. Cuenta una historia de superación personal. De hecho, es poco más que esos homenajes, esa sensación bucólica de maravillosa afición compartida, el sentimiento de tribu. Es totalmente hueca. Es un saco de buenas intenciones envuelto en azúcar, sonrisas y pececitos de colores. El problema no es que termine bien, por supuesto; es que no existe el menor temor en ningún momento de que pueda terminar medio mal e incomodar al lector que se ha identificado, entregado, convertido a su causa.

En medio de una coyuntura en la que adivinamos un futuro siniestro, con películas y novelas cada vez más duras en su visión de una sociedad del pasado mañana en la que los cimientos de la civilización que conocemos se tambalea… En ese contexto, repito, la literatura de ciencia ficción ha decidido proclamar como su gran ejemplo, consagrado con el premio de los lectores y el de los autores, a una novela que mira a su propio pasado ¿glorioso? A la era en que la ciencia ficción albergaba esperanzas de cambiar el mundo y sus lectores se imaginaban a sí mismos haciendo viajes del Inserso interplanetarios.

Es un libro de consumo exclusivamente interno, no para los lectores y espectadores inquietos que ven Melancholia o El atlas de las nubes, o que leen La carretera o El sanador. Es una novela sobre la ciencia ficción que, para cerrar el círculo, ejemplifica los motivos de su fracaso. Banaliza los problemas que estamos sufriendo y vende con un aire más o menos virtuoso a buena parte de las características como género que nos han llevado a donde estamos. Es decir, en medio de la ruina y al borde de la irrelevancia.

Un momento… ¿no he escrito esto en alguna parte antes?

Efectivamente: las razones por las que Entre extraños no me gusta son bastante similares a las que han causado ampollas en el caso del anuncio de Campofrío. Y, al igual que en este caso, pueden aducirse buenas razones para defender la novela: está bien escrita, es inteligente, es amena, efectivamente puede emocionar. Sin embargo, como lector yo no he querido comprar sus cualidades, porque en realidad lo que me ha cargado en ella es el recordatorio del fracaso de la cf, como Campofrío nos recuerda un tanto involuntariamente, a poco que rasquemos en su mensaje, el fracaso de nuestra sociedad.

Tal vez deba mirar un poco en mi interior. Porque Entre extraños es una simpática novela y es lícito que haya gente que la disfrute; qué caray, a mí tampoco me ha disgustado per se, sólo cuando la leía contextualizada.

Es una pena que la ciencia ficción, el autoproclamado género del futuro, no tenga ya mucho más que aportar que esto. Y que las cualidades que debería mantener ya no sean de su competencia, por una renuncia voluntaria. La misma que ha hecho nuestra sociedad a regenerarse, dejando el país totalmente en manos de intereses ajenos a los del bienestar común.

Porque, al parecer, España y la ciencia ficción se conforman con guardar sus sueños en una maleta de cartón y pensar con tiempos supuestamente mejores que, en realidad, no fueron demasiado buenos. Y lo peor es que ni siquiera estoy seguro de que esta no sea la mejor decisión, dado su estado actual. Quizá sea conveniente que el futuro esté en mejores manos que las de la sociedad española actual y las del género de la ciencia ficción.