Portadas feas

Una pregunta angustiosa recorre internet en busca de solución. Un duda que atenaza a lectores y autores. Un grito de impotencia por parte de los aficionados: ¿por qué las portadas de los libros de fantasía y ciencia ficción tienden a ser tan feas y exageradas? ¿Por qué esos colores chillones y esas fuentes raras? ¿Sólo por la dejadez de los editores? Si leíste “¿Cómo distinguir una novela de ciencia ficción de un prospecto?” es probable que ya tengas algunas pistas al respecto; si no, aquí van algunas razones más.

Como cualquiera que haya deambulado por una biblioteca o librería ha notado, una obra literaria consiste básicamente en un texto, pero rara vez éste nos llega fuera de un formato físico conocido como ‘libro’, el cual suele constar de: cubierta, títulos, prólogo, ilustraciones, fuentes, páginas de créditos, fajas, comentarios en la solapa, dedicatorias, etc. Además, la aparición de dicho libro suele ir rodeada por publicidad, reseñas críticas, comentarios en internet, entrevistas al autor y otras mediaciones editoriales.

Pues bien, a todos estos elementos tan diversos que rodean el texto y que básicamente sirven para presentar el libro en sociedad y hacerlo atractivo ante los ojos del comprador, se los llama “paratextos” (o “peritexto” si forman parte del libro físico, como una cubierta, y “epitexto” si son inmateriales, como una entrevista).

En el centro la nueva portada de Aliette de Bodard, que ha dado bastante que hablar.

En el centro la nueva portada de Aliette de Bodard, que ha dado bastante que hablar.

Por su puesto, estos paratextos no afectan la sustancia del texto que presentan (el hecho de que la portada de un libro sea más bonita que otra no tiene nada que ver con la calidad del texto en sí), pero ejercen una influencia fundamental sobre nosotros cuando vamos a comprar un libro y cuando nos disponemos a leerlo.

El libro físico

Los títulos, el diseño, las fuentes… y sobre todo las imágenes de la cubierta constituyen un umbral de preparación para los lectores y nos anticipan información sobre el contenido de un libro. De modo que, por ejemplo, un solo vistazo a una portada nos avisa de que lo que nos disponemos a leer es una novela de fantasía medieval (porque salen dragones, elfos y macizas en bikini) o una novela de ciencia ficción (con sus inevitables naves espaciales, robots y gente con ropa de plástico).

En este sentido, además de incitarnos a comprar un libro, los paratextos sirven para crear un vínculo entre el contexto de lectura y el del texto. Y es que, a diferencia de una charla cara a cara, la comunicación escrita entre autor y lector es diferida (no presencial) y no hay retroalimentación inmediata que garantice al autor que su libro ha sido felizmente descodificado por su público. En este sentido, los paratextos vienen a compensar la ausencia del contexto compartido entre autores y lectores reconstruyendo uno nuevo para ayudarnos a entender que lo que estamos leyendo es una novela romántica o una crónica periodística.

Por eso, aunque algunos elementos del paratexto sólo nos ofrecen una información neutra acerca del libro (como el lugar y el año de publicación), la mayoría transmiten auténticas instrucciones de uso, destinadas a que podamos seguir la historia e interpretarla del modo previsto por el autor (las cubiertas sobre todo tienen esta función).

De hecho, uno de los problemas de los libros digitales tal y como los conocemos ahora es que, con sólo un vistazo, es imposible distinguir una novela erótica de un volumen de En busca del tiempo perdido. Con una portada muy sencilla a veces blanco y negro, sin un volumen evidente de páginas, una misma fuente, sin ladillos, sin colores, sin un tamaño de letra definido, sin poder percibir las calidades del papel, sin resúmenes del libro en la contracubierta, sin fajas con mensajes publicitarios… los libros digitales a veces se confunden, pierden parte de su personalidad. Es un problema, que por supuesto se solucionará en el futuro, pero trae de cabeza a muchos diseñadores gráficos ahora mismo.

El libro inmaterial

Pero el paratexto tiene otra cara más sutil y cuya influencia sobre nosotros es mucho más difícil de calcular. Una especie de paratexto fantasma compuesto por cosas tan inmateriales como lo que ya sabemos del libro antes de leerlo, lo que sabemos del autor, lo que esperamos de él, lo que ha comentado en su twitter, lo que otros dicen al respecto… Es decir, hechos sociales fuera del libro que sin embargo influyen sobre su lectura.

Y es que más allá del alcance del escritor y del editor, la interpretación de un libro también se ve afectada paratextualmente por hechos que nos afectan a nosotros como receptores, como los conocimientos previos o las experiencias personales que cada uno poseemos y las expectativas con que nos acercamos a un autor.

Por ejemplo, una vez que un escritor ha sido etiquetado como lovecraftiano, weird, creador de historias ‘real maravillosas’, etc. es muy difícil que se desprenda nunca de esa etiqueta. Así, por más que un autor como William Gibson haya derivado en los últimos años hacia una ficción especulativa realista, cuesta acercarse a sus últimos libros sin las gafas de leer ciencia ficción. La dificultad de salir de una etiqueta es precisamente la razón por la que autores como Margaret Atwood o Kurt Vonnegut rechazaron ser considerados escritores de género, pues se negaron a que sus libros sean automáticamente leídos como novelas de ciencia ficción.

Otros ejemplos clásicos de WTF.

Otros ejemplos clásicos de WTF.

Por eso, en definitiva, las portadas de las novelas de fantasía y ciencia ficción tienden a tener ese aspecto tan “característico”; no sólo por la posible desidia del editor, sino también por motivos económicos (porque facilitan que encontremos y compremos nuestro género en la librería) y porque ciertos elementos (los colorines, las fuentes) conforman casi un canon visual que nos ayuda a saber de qué va un libro casi antes de abrir sus páginas.