Los selenitas nacen de varones

Acaba de empezar el 2013, todavía no has finiquitado la lista de lecturas “imprescindibles” con la que te comprometiste el año pasado, montones de novedades en literatura fantástica se acumulan tentadoramente en las mesas de tu librería habitual, la perenne pila de libros de tu mesilla amenaza derrumbe y una lista inacabable de títulos maravillosos espera cola en tu ereader.

Con todos estos deberes pendientes, ¿por qué tendrías que hacer un hueco en tu apretada agenda de lecturas a los libros de un griego del siglo II que solo se pueden encontrar en los remotos y poco transitados estantes de “Literatura Clásica” de las librerías? Por pasajes como el siguiente:

Quiero contar ahora las rarezas y maravillas que observé durante mi estancia en la luna. Lo primero es que los selenitas no nacen de mujeres, sino de los hombres. Porque los matrimonios son entre varones y ni siquiera conocen el nombre de “mujer”. Hasta los veinticinco años cada individuo actúa como esposa, y a partir de éstos como marido. No se quedan preñados en el vientre sino en las pantorrillas. Cuando el feto es concebido, empieza a engordar la pierna y, al pasar el plazo de tiempo, la abren de un tajo y sacan los fetos muertos; pero los colocan de cara al viento con la boca abierta y recobran la vida. […]

Pero voy a contar otra cosa aún más gorda que ésta. Hay entre ellos una raza de hombres, a los que llaman “arbóreos”, que nacen del modo siguiente: rebanan el testículo derecho de un hombre y lo plantan en el suelo, y de él nace un árbol altísimo, carnoso, como un falo, pero tiene además ramas y hojas y sus frutos son bellotas del tamaño de un codo. Cuando ya están maduras, las recolectan y, descortezándolas, extraen a los hombres de esta clase. Además tienen sus órganos sexuales artificiales: los unos los tienen de marfil y los pobres de madera. Y con ellos tienen relaciones y fecundan a sus cónyuges. (Luciano de Samósata, Relatos fantásticos. Carlos García Gual, Alianza Editorial).

Aunque poco se conoce con seguridad de la vida de Luciano de Samósata sí se sabe que ejerció de escultor, abogado, filósofo, conferenciante, escritor, viajero y, sobre todo, de satirista irredento. Escéptico de los pies a la cabeza, dedicó toda su vida a luchar contra cualquier forma de dogmatismo político, filosófico o religioso, así como a ridiculizar el oscurantismo y la mentira. Sus afilados diálogos y narraciones irónicas influyeron de forma determinante en Quevedo, Erasmo, Swift, Cyrano de Bergerac y Voltaire entre otros, quienes quedaron fascinados por la riqueza desbordante de la pluma Luciano, así como por el agudo espíritu de especulación filosófica que transpiran sus textos.

En concreto, la furiosa cruzada que Luciano tenía emprendida contra la credulidad y el engaño le llevó a escribir su novela corta más célebre, Relatos verídicos: donde trata de ridiculizar la literatura de viajes de su época, plagada de geografías absurdas, islas de magas seductoras, visitas a los infiernos y peripecias de escasa verosimilitud que, para su gran irritación, los escritores defendían como verídicas. Y así, al igual que Cervantes partió de la parodia humorística de la novela de caballerías para confeccionar El Quijote, Luciano se vale aquí de los tópicos homéricos que llevaban siglos siendo masticados y regurgitados en los libros de viajes para elaborar un relato de aventuras de una audacia poco común.

De hecho, a pesar de que Relatos verídicos no se propone especular sobre otras formas de vida sino satirizar el panorama de clichés literarios de su época, dicha obra le ha valido a Luciano ser reconocido como el abuelo de la ciencia ficción (también aquí y aquí) por ser el precursor indiscutible de motivos fundamentales para el desarrollo del género a partir de 1800, como los viajes a la luna y la exploración del fondo del mar.

Mitos grecorromanos sin exageraciones

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En concreto, en Relatos verídicos, Luciano cuenta cómo se enrola en busca de aventuras en un barco que navega allende las Columnas de Heracles. Una tromba de agua torna su travesía en un viaje aéreo que le permite visitar la luna, donde descubre la naturaleza sorprendente de los selenitas y asiste a la guerra entre los “cabalgabuitres” del emperador selenita, y los “cabalgahormigas” del solar. Tras sus peripecias estelares, el barco de Luciano abandona los cielos para volver de nuevo a los mares, pero con la mala suerte de ser devorado por una gigantesca ballena. En el interior de su cavernoso vientre, Luciano y el resto de su tripulación hallan a otros hombres y pueblos monstruosos con los que deben emprender batalla hasta que finalmente, los héroes logran dar muerte a la ballena incendiando el bosque que había en su interior. Una vez libres del monstruo, Luciano prosigue sus aventuras, que esta vez le llevarán a visitar el Hades y a toparse con pueblos tan singulares como los “calabazapiratas”, los “nueznautas”, los “cabalgadelfines” y los “bucéfalos” entre muchos otros.

Todas estas peripecias desenfrenadas (dignas del barón de Münchhausen), están hiladas con extrema velocidad, como si Luciano estuviera en un tour de quince días por los confines del mundo y apenas tuviera tiempo de enviar unas postales con los datos más desmedidos y exagerados posibles. Y es que, en todo momento, Luciano tiene claro que su principal objetivo es entretener al lector, darle un descanso de otras lecturas más serias con una historia que, según declara con satisfacción en el mismo prólogo, es pura mentira: “Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir. Por ello, mis lectores no deberán prestarles fe alguna”.

En conclusión, la brutal ironía de sus relatos y el sentido de la maravilla que sus obras llegan a canalizar convierten a Luciano tal vez en el único escritor clásico que hoy en día sigue pareciendo perfectamente moderno. Por fortuna, buena parte de su obra está disponible online, también sus breves Relatos verídicos en la magna edición de Carlos García Gual.