El extraño mundo de los hermanos Quay

En el manifiesto metaficcional de la novella de William Gass Willie Masters’ Lonesome Wife, el narrador, en algún momento, decía algo así como: “¿Qué? No te estás enterando de nada, ¿eh, hijo de puta? ¿Estás buscando un argumento? ¿De verdad que has leído hasta aquí?”. Y en ese momento te dan ganas de tirar el libro por la ventana y dejar de leer. La premisa del libro era cuestionar la lectura que se realiza únicamente por el placer de saber qué pasa sin fijarse en el lenguaje, la materialidad del libro y de las palabras, lo que lo hace diferente de otras expresiones artísticas que “cuentan cosas”. Para ello, qué mejor que poner un par de tetas en la portada, ese viejo truco que nunca falla.

Algo parecido (salvo por las tetas) sucede con la filmografía de los hermanos Quay, unos gemelos idénticos nacidos en Pensilvania en 1947, pero afincados en Londres desde hace muchos años, cuya cinematografía está cerca del surrealismo y del expresionismo. Y es que las animaciones de los hermanos Quay, que podemos clasificar de chungos, raritos o raros de cojones, hacen caso omiso del sacrosanto mandamiento del teatro clásico, es decir, de las tres unidades básicas: unidad de acción, de lugar y de tiempo. Sus películas y cortometrajes muestran una total despreocupación por el argumento, la coherencia narrativa, de localización o de continuidad. Definitivamente con este par de gemelos no estás buscando un argumento.

El MOMA de Nueva York lleva dedicando desde el mes de agosto una exhibición retrospectiva a su obra, en la que se muestran desde sus cortometrajes a los decorados fabricados por ellos mismos. Estará hasta el 7 de enero, así que si estás por ahí o eres lo bastante rico para coger un vuelo a Nueva York así, a lo loco, aún puedes ver la exposición. Te encontrarás un orgiástico despliegue de pantallas de vídeo, carteles de artistas polacos, proyecciones, fotos de familia y anuncios publicitarios que hicieron para financiar sus animaciones raritas.

Los extraños cortos

Los Quay cuando eran zagales, en su estudio, con pelos postpunk y descamisados

Timothy y Stephen Quay llevan más de treinta años dedicados al mundo audiovisual, desde la ilustración de portadas a la dirección de videoclips.

Se graduaron en 1969 en la Escuela de Arte de Filadelfia, donde estudiaron ilustración y diseño gráfico. Los Quay empezaron como ilustradores de cubiertas hasta que pudieron dedicarse a la animación; de hecho, como dato de Trivial Pursuit, es interesante recordar que diseñaron la primera portada de La naranja mecánica de Anthony Burgess. Después de hacer varias cubiertas para libros de literatura gótica, fantástica y de ciencia ficción, sus cuatro manos (que trabajan como dos) han sido las responsables de múltiples cortometrajes, dos largometrajes, decorados para óperas y piezas teatrales; también han dirigido videoclips para artistas como 16 Horsepower o His Name is Alive, además de influir en otros directores de vídeos de bandas chungas, o raritas de cojones, como el caso de Adam Jones, responsable de varios videoclips de Tool que guardan no pocas similitudes con el trabajo de los gemelos de Pensilvania. Además, sus adaptaciones han servido para introducir a los espectadores de sus obras a los textos de algunos autores europeos relegados a un segundo plano, como Bruno Schulz o Robert Walser, especialmente en un mercado tan poco dominado por las traducciones como es el británico.

El primer cortometraje que realizaron tiene un título muy del estilo de un grupo de gothic metal con cantante femenina: Nocturna Artificialia (1979). Producido por Keith Griffiths (primer socio y mentor) y subvencionado por el Instituto Británico de Cinematografía, en él exploraron todos sus intereses por la animación de objetos con tintes sombríos, las artes escénicas y los fenómenos ópticos, que se convertirán en el sello de su producción visual. En el corto, una marioneta, atraída por el misterio de una ciudad nocturna, deja su habitación y sale a la calle, cautivada por el paso de un tranvía, y de repente está de vuelta en su habitación, sentada en una silla, se cae y se despierta. Los Quay no lo consideran más que un experimento en un cajón de arena, pues no habían recibido ninguna educación formal en animación y aquello les sirvió para probar técnicas y pulir estilos.

Enormemente influidos por el animador checo Jan Svankmajer, le dedicaron un corto en 1984, The Cabinet of Jan Svankmajer, donde exploran la estética del collage mediante la historia de educación artística de un joven aprendiz en el estudio de un anciano. Un montón de objetos mundanos y banales cobran vida y convierten el estudio en un reino animista.

Imagen de Street of Crocodiles (1986)

Fue con Street of Crocodriles (1986), inspirada libremente en el relato del escritor polaco Bruno Schulz, cuando los hermanos Quay se hicieron con el título de artistas de culto. Terry Gilliam la considera una de las 10 mejores películas de animación de todos los tiempos, y ya sabemos de qué pie cojea Terry Gilliam. Más que una adaptación fiel y párrafo a párrafo del relato de Schulz, el corto recoge varios elementos representativos para reflejar una interpretación del pasado urbano de una ciudad del Este en los tiempos de preguerra (el relato fue escrito en 1934). En él se ve que los hermanos Quay no entienden lo fantástico como una acumulación de elementos sobrenaturales. Muy al contrario, en sus cortos lo que encontramos es una acumulación de detalles hiperrealistas que convierten el espectáculo en un extrañamiento de la realidad que tiene efectos fantásticos. Primeros planos de tuercas que se mueven, del polvo acumulado en el suelo, del cristal emborronado del escaparate de una tienda. Esta animación es una oda a la claustrofilia, al detrito y a la desintegración de lo animado. Ocurre en las sombras y en los márgenes, en la periferia de la acción. El punto de vista, puesto en escala, más que el de las marionetas parece el del polvo, o de algo inanimado o igual de minúsculo.

El fantástico de los hermanos Quay se nutre de la fascinación surrealista y decadentista por las muñecas, los autómatas y los objetos inanimados que cobran vida; del grotesco que desemboca en el expresionismo alemán; un fantástico más de atmósferas y de ambientes que de argumento, visualmente equiparable a un cuento de Thomas Ligotti (escritor al que resultaría fascinante y lisérgico ver adaptado por esta pareja de cineastas, dada la afinidad estética de sus obras).

Los largometrajes: ¿éxito o fracaso?

Los hermanos Quay comparaban su animación a un haiku, por su concisión. Pero ¿cómo funciona esa propuesta estética cuando se traspasa a obras de mayor duración? ¿Es fácil mantener el interés del espectador durante casi dos horas empleando los mismos recursos que se usan para un cortometraje? Los opiniones se encuentran divididas entre los propios admiradores de los hermanos Quay.

Los hermanos Quay solo tienen dos largometrajes hasta la fecha: Institute Benjamenta, basado en la novela de Robert Walser Jakob von Gunten, y The piano-tuner of Earthquakes (“El afinador de terremotos”) inspirado en La invención de Morel de Bioy Casares, la novela del francés Raymond Roussel Locus Solus y El castillo de los Cárpatos de Julio Verne.

Institute Benjamenta, inspirado en una novela del suizo Robert Walser, narra la historia de Jakob von Gunten, cuyo fin en la vida es ser de utilidad para alguien. Para cumplir ese propósito vital se inscribe en el instituto Benjamenta, una escuela para criados en la que solo se enseña una única lección, repetida hasta la saciedad, que ensalza e inculca en los chicos los valores del servilismo y la monotonía. Al enamorarse de una de las profesoras del instituto, el joven von Gunten sentirá que el principio que regía su vida se tambalea. En la película importa más la textura que la función narrativa para recrear una realidad onírica (no en vano, el título completo de la película es Institute Benjamenta, or This Dream People Call Human Life). La música no parece acompañar las escenas sino que resulta discordante, todo para despertar la inquietud del espectador.

En el caso de El afinador de terremotos, los hermanos Quay descubren que no es lo mismo dirigir marionetas que actores, incluso contando con actores de amplísima experiencia como Assumpta Serna y César Sarachu (sí, sí, el Bernardo de Cámara Café. Sarachu ya apareció en el anterior largometraje de los Quay y curiosamente ha interpretado al Joseph de Bruno Schulz en la obra de teatro de The Street of Crocodiles dirigida por Simon McBurney. ¿Casualidad? ¡Yo no lo creo! Que diría Íker Jiménez). A duras penas consiguieron financiar el rodaje de la película, todo gracias a que Terry Gilliam aceptó poner su nombre como productor ejecutivo, aunque el fracaso comercial de la película debió de hacer que los demás inversores se tiraran de los pelos.

La película cuenta la historia de un médico, el doctor Droz, claramente inspirado en Henri Jacquet-Droz, el relojero suizo constructor de autómatas (aunque también resuenan en el personaje los ecos de otros doctores célebres como el doctor Caligari y el Moreau de Wells), que quiere convertir a una cantante de ópera en un ruiseñor mecánico. Esta fantasía gótica, en la que no falta ni uno de los tópicos de la tradición, está narrada ese mismo efecto disonante del anterior largometraje: subvirtiendo las convenciones básicas del cine. La música estilo años 40 resulta anacrónica para esta historia, se busca lo artificioso en los diálogos y los espectáculos de marionetas (posiblemente reciclados de cortos sin estrenar) irrumpen en la trama.

El cine de los hermanos Quay no es fácil de recomendar. No solo porque o te encantan o los odias (o te aburren mortalmente). Sacarlos en una conversación puede hacerte parecer un gafapasta intentando pillar cacho, un esnob al que le gusta ver crecer la hierba o un pirado. Pero si te ves en una situación en la que un mínimo conocimiento del cine de los gemelos idénticos que amaban las muñecas puede serte útil, que no se diga que en Fata Libelli no aportamos nuestro granito de arena para que tengáis una vida social o sexual mucho más saludable.