Los pasillos tentaculares del castillo de Gormenghast, de Mervyn Peake

Mervyn Peake es el autor de las obras conocidas como “la trilogía de Gormenghast”, aunque en realidad no fueran nunca concebidas como tal más que por el funesto destino que desbarató la carrera del escritor británico, un destino que le arrebató la salud y que aceleró su muerte. Mucho se especuló sobre esa enfermedad, reduciéndola a simple locura o histeria, pero hoy se sabe que lo que truncó su carrera fue la enfermedad de Parkinson. Incluso la Asociación de Enfermos de Parkinson le ha dado su nombre a un premio dirigido a todos los artistas que continúan creando a pesar de la enfermedad.

El último libro, Titus solo (inconcluso y publicado sin permiso expreso del autor) sufrió una mala primera edición y tuvo que recomponerse con la ayuda de notas, manuscritos y textos mecanografiados, gracias al esfuerzo del editor Langdon Jones. En España sigue sin ser un libro venerado, ni siquiera entre los seguidores de la fantasía o géneros afines a los que se suele adscribir esta obra, pero en Inglaterra se la considera de culto. No contento con eso, si eres de esos que aprecian las tarjetas de presentación con sello académico, cuenta con el privilegio de formar parte del canon occidental de Harold Bloom y suele ser uno de los pocos autores de fantasía respetados por los críticos literarios de la otra orilla del género. Sea como sea, una vez que entras en el mundo de Gormenghast es fácil quedar atrapado en las profundidades o ahogarte y batir ansiosamente brazos y piernas para subir a respirar.

Mervyn Peake en Kent, durante la década de los 50

Mervyn Peake nació en China en 1911, de padres británicos. Su padre era médico y misionero, trabajo que le proporcionaría al joven Peake su primer contacto con la muerte y el desvanecerse de la carne. La muerte y la decadencia son temas que estarán presente en todas sus facetas artísticas: como poeta, como ilustrador y como novelista. Este contacto seguirá existiendo en un mundo que luchaba por sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial y porque, una vez que terminó el conflicto, Peake fue enviado como corresponsal al campo de concentración de Bergen-Belsen para que retratara con sus dibujos las condiciones de vida de los prisioneros.

Así, si hay algo que Gormenghast retrata casi obsesivamente, es la decadencia. La historia narra el nacimiento y la juventud de Titus, el septuagésimo séptimo conde de Gormenghast y heredero al trono, y sus intentos de rebelarse contra una sociedad anclada en los rituales del pasado, contra una existencia guiada por un protocolo ceremonial que hace mucho tiempo que perdió su significado. Groan, el apellido de la dinastía nobiliaria de las novelas, en inglés significa “lamento” o “gruñido”, lo que ya da una idea de cuál será la atmósfera de la novela.

En ella deambulan personajes como Sepulcravo, padre de Titus y hombre que cree metamorfosearse en búho; Gertrude, su esposa, la de la cabellera que es nido de pájaros; Fucsia, hermana mayor de Titus, solitaria y alienada en su buhardilla; y Pirañavelo, el villano o antihéroe en un mundo donde la bondad absoluta no existe, dispuesto a acabar con la historia y la tradición. El ambiente abigarrado y enfermizo del castillo tiene la misma extrañeza y el mismo color del ocaso de El Libro del Sol Nuevo de Gene Wolfe, una tierra moribunda, pero de la que no se sabe en qué tiempo ancla su existencia. Aunque ligada siempre al género de la fantasía gótica, en Gormenghast no habitan seres fantásticos como elfos o demonios, sino seres de una humanidad grotesca observados con el prisma de la sátira. Personajes que bien podrían haber salido de la pluma de Dickens enfrentados al horror del lector moderno. Descripciones densas y microscópicas que hay que leer con lentes de aumento. Todo eso contribuye a hacer de esta lectura una experiencia densa y asfixiante como el propio castillo, como la realidad de sus habitantes.

Ilustración del personaje de Fucsia, por Mervyn Peake

Peake era un bardo, un poeta, y eso es palpable en el lenguaje que emplea para dar forma a su mundo. Elaborado, evocador, extraño como una piedra preciosa, pero nunca superfluo. El punto de vista parece el de un paranoico que escrutina cada rincón de la realidad. Cada palabra es un guijarro más que va construyendo el colosal castillo de Gormenghast, piedra a piedra. Como además de novelista era poeta, pintor e ilustrador, Peake pensaba en texturas y en imágenes. Y también tenía un oído para el detalle que hace que los diálogos sean maravillosos y creíbles. Hay novelas en las que todos los personajes parecen el mismo cuando hablan, pero la galería de monstruos que desfila en estas páginas está representada de una forma única, cada uno de ellos con un registro distinto que les da vida. En sus parlamentos se mezclan la ternura, la parodia, el humor y el drama. Un tratamiento de la fantasía que ha dejado huella en autores como Angela Carter, Michael Moorcock o China Miéville.

Desde su primera publicación (Titus Groan, 1946) muchos intentaron compararlo con Tolkien. Nada extraño, pues eran autores coetáneos y que trabajaban en géneros similares aunque sus estilos fueran radicalmente opuestos. Sin embargo, esa comparación apunta a una verdad reveladora: ambos son los polos opuestos entre los que se han movido los escritores de fantasía. Los dos autores comparten el infortunio de no haber tenido éxito en vida. Ambos han creado un imaginario al que recurren los escritores, consciente o inconscientemente, a la hora de forjar sus universos, y ambos se caracterizan por una manera peculiar de enfocar la narrativa. Leyendas y mitos de un pasado reconstruido o un presente desfigurado hasta hacerlo irreconocible; personajes heroicos y fantásticos o descaradamente humanos; la narración centrada en la creación de un mundo o bien centrada en la atmósfera, el ambiente y el detalle.

Podría decirse que la narrativa contemporánea ha seguido más la estela de Peake, después de largos años de reinado de Tolkien, aunque este último haya sido coronado (o deshonrado, según algunos) en el cine por Peter Jackson y Peake se haya tenido que conformar con el valiente pero fracasado intento de adaptación a la pequeña patalla de la BBC (en el que también participa Christopher Lee, que no se pierde una).

Jonathan Rhys-Meyers como Pirañavelo para la BBC. Versión “soy un truhán, soy un señor”.

El espíritu de Gormenghast parece el equivalente literario de un cuadro de El Bosco: mires donde mires, siempre hay algún detalle oculto en el que fijarse, tanto que a pesar de tratarse de un espacio acotado a veces da la impresión de no tener límites. Una de las metáforas centrales del libro se condensa en una gota de agua que cae desde un árbol. En esa gota se refleja el castillo y el lago que lo rodea, conteniéndolos y reflejándolos, lo grande y lo pequeño; pero al mismo tiempo ese reflejo se va distorsionando a medida que la gota de agua cae de forma que Gormenghast se convierte en un eco deformado y grotesco.

“Entre los árboles de la pendiente del lado sur que descendía precipitadamente hasta el agua, y a través de una cuna abierta entre el ramaje alto, podía verse una parte del castillo de Gormenghast, descamado por el sol y pálido dentro del oscuro marco de las hojas: una fachada distante.

Un pájaro descendió de pronto, barriendo al superficie del lago con las plumas del pecho y dejando un rastro de luciérnagas sobre el agua inmóvil. Mientras subía hacia los árboles por el aire caliente, el pájaro esparció un rosario de gotas de agua. Una de estas gotas colgó por un momento de una hoja de una encina. Y mientras así colgaba, su cuerpo era titánico. Todo el vasto verano creció en ella; reflejaba las hojas, el lago y el cielo. La arboleda se extendía sobre ella, balanceándose junto con el calor, cada rama, cada hoja. Y cuando las plumas azules echaban a volar, el movimiento del paisaje en miniatura se estremecía, pendiendo. Al fin la gota se hundió y descendió, y mientras se alargaba, el reflejo distorsionado de las altas y ruinosas masas del distante edificio moteadas con ventanas anónimas, y de la yedra posada sobre el ala sur como una mano negra empezó a temblar dentro de la perla estirada, a punto de desprenderse del borde de la hoja de la encina.

Pero aun mientras caía, las hojas de la lejana yedra seguían aleteando en el vientre de la lágrima, y, microscópica, asomada a la espinilla de una ventana, una cara contemplaba el verano”. (Titus Groan, 510-511)

Peake, Mervyn, Titus Groan, traducción de Rosa González y Luis Doménech, Madrid, Minotauro, 2003. 567 p. ISBN 84-450-7456-3.

Peake, Mervyn, Gormenghast, traducción de Ana y Encarna Quijada, Madrid, Minotauro, 2004. 589 p. ISBN 84-450-7092-4

Peake, Mervyn, Titus solo, traducción de Encarna Quijada Vargas, Madrid, Minotauro, 2005. 281 p. ISBN 84-450-7131-9