El espectáculo de fuegos artificiales de ‘El atlas de las nubes’

En ese complejo diálogo de versiones y adaptaciones que mantienen el cine y la literatura, el estreno de la última película de los Wachowski ha tenido el efecto de restituir en el Olimpo de los best sellers una novela que no solo fue publicada hace ya ocho años, sino que además exhibe una complejidad estructural poco común en las listas de superventas. La novela en cuestión es El atlas de las nubes, del británico David Mitchell, publicada en 2004, galardonada con el British Book Award y finalista del Nébula y del Arthur C. Clarke.

Retomando las ambiciosas (casi megalómanas) ideas de novela coral y ambientación múltiple que ya exhibía su ópera prima (Escritos fantasma), Mitchell trenza en El atlas de las nubes seis relatos de tono muy variado que abarcan desde el drama de aventuras decimonónico hasta la distopía futurista. De hecho, merece la pena hacer aquí un repaso de los seis hilos argumentales para comprobar que Mitchell no se ha privado de nada.

En la primera historia, El diario del Pacífico de Adam Ewing, un inocente notario da cuenta cotidiana de su travesía por la Polinesia en 1850 y de los problemas morales que el negocio esclavista le va planteando; la segunda es Cartas desde Zedelghem, un conjunto epistolar escrito por un músico que consigue hacerse ayudante de un célebre compositor sifilítico en la Bélgica en los años treinta; la tercera se titula Vidas a medias: el primer misterio de Luisa Rey, y cuenta en tonos pulp la historia de una periodista que investiga una conspiración nuclear en la California de los setenta; la cuarta es El tremendo calvario de Timothy Canvendish, enmarcada en la actualidad y donde se narra en primera persona las peripecias de un viejo editor británico que se ve recluido por error en un asilo; la quinta historia es La antífona de Somni-451, un relato de ciencia ficción orwelliano narrado en forma de entrevista y ambientado en una distópica Corea del Sur donde un clon propiedad de una empresa de comida rápida huye en busca de emancipación; la sexta historia, El cruce de Sloosha y toda la vaina, conforma una narración oral posapocalíptica en la que Zachry, el miembro de una tribu hawaiana, debe colaborar con un extraño grupo de extranjeros que trata de custodiar el legado tecnológico del pasado.

Uno se puede preguntar cómo es posible que todas estas historias tan dispares conformen una novela, pero lo cierto es que el virtuosismo de David Mitchel logra coser las seis tramas y crear un panorama de ramificaciones simbólicas mucho más amplio del que podría ofrecer cada historia individual. Y es que los seis relatos no están dispuestos uno detrás de otro, como sería lo normal, sino que El atlas de las nubes emplea la mise en abyme (o disposición de muñecas rusas) para dar coherencia a las diferentes historias y disparar la tensión de la trama. Es decir, que cuando el lector se encuentra embarcado en la primera historia, ve con sorpresa que la narración se interrumpe súbitamente para dar paso a la segunda, la cual también se corta a la mitad para dejar paso a la tercera… y así sucesivamente hasta llegar a la sexta historia, que por fin se ofrece entera; cuando esta termina, se retoma la quinta narración, que al resolverse, deja paso al final de la cuarta… y así hasta que el desenlace de la primera historia cierra el libro.

Esta pirueta narrativa con triple tirabuzón supone para el lector un esfuerzo memorístico y una carga de paciencia extra que hace que algunos abandonen la lectura antes de entrar siquiera en el universo de la novela (The Sunday Telegraph causó conmoción cuando se supo que no publicaría ninguna reseña de El atlas de las nubes porque su crítico la encontraba pretenciosa e ilegible). Para muchos otros lectores, sin embargo, el nivel de dificultad añadido hace que, además de disfrutar de la trama, salgan de la novela con el mismo sentimiento de satisfacción de quien atisba la resolución de un puzle o encuentra las claves de un enigma. En otras palabras, si uno logra entrar en el juego, queda irremediablemente enganchado.

Mitchell ha declarado que la peculiar estructura de la novela está inspirada directamente en Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. Pero el peso de la estructura y la técnica de interrumpir la narración para intercalar otras historias ha incitado también las comparaciones con House of Leaves, el ejemplo de literatura ergódica contemporánea por antonomasia. Sin embargo, ambas novelas no pueden ser más diferentes en el uso de sus juegos estructurales: en House of Leaves la forma, la estructura y el contenido son inextricables, mientras que la filigrana de El atlas de las nubes es un ejercicio de estilo brillante pero gratuito, desconectado en realidad de los temas de fondo que explora la trama.

Y es que más allá de su estructura, el verdadero motor de El atlas de las nubes es el estudio del paso del tiempo. Es decir, la observación de la pequeñez de nuestras vidas en el gran mosaico de la historia y cómo los mismos actos de coraje, flaqueza, heroísmo y villanía se van repitiendo porque los seres humanos de todas las épocas somos esencialmente iguales (una idea tal vez no muy original pero sí sugerente que recuerda, por cierto, a Estatua con palomas de Luis Goytisolo). Para hacer más atractivos los paralelismos entre personajes, Mitchell sugiere además con sutileza que los protagonistas de cada relato podrían ser reencarnaciones de un mismo espíritu (una idea de lo más new age con la que el propio autor tiene el buen gusto de bromear dentro del libro).

Infografía de www.cinemablend.com sobre los viajes cármicos de los personajes. Nada pretencioso.

Parece que la adaptación cinematográfica de El atlas de las nubes dirigida por los hermanos Wachowski y Tom Tykwer se centrará precisamente en el aspecto de las reencarnaciones, lo que permitirá ver a Tom Hanks, Jim Broadbent, Halle Berry, Hugo Weaving, Susan Sarandon y Hugh Grant (entre otros) encarnando diferentes papeles dentro de la misma película.

Por cierto, la novela fue publicada en español por la difunta Tropismos, pero acaba de ser reeditada por Duomo, de modo que los lectores españoles volvemos a tener la oportunidad de asistir al virtuoso despliegue de fuegos artificiales de Mitchell.