Kelly Link y sus cuentos de lo extraño

Un hábil reseñista de literatura en la prensa decía que lo que nunca había que hacer a la hora de valorar una obra era definirla por lo que no es en lugar de por lo que es. Sin embargo, que este pecado sirva para recordar que, a estas alturas de la ficción, no hay nada más cargante como categoría que los cuentos de hadas modernos, o cuentos de hadas posmodernos con una vuelta de tuerca, relatos con final abierto y preñados de referencias a la cultura friki y pop (una Caperucita macarra, un orco que ve morir a su familia a manos de los héroes…).

Si añadimos ya frases cortas y pirotecnia, la necesidad de arrancarse los ojos o salir corriendo como un vampiro (de los de antes) ante la visión de un crucifijo es acuciante. El problema de ese tipo de relatos es que se han convertido en algo tan formulaico y predecible que anticipa el bostezo.Los resultados muchas veces son un forzado intento de hacer ese cuentecillo original y con chispa en que los malos son los buenos y los buenos los malos, pero debajo no hay nada más. En todo artificio debe haber algo de honestidad.

Kelly Link puede ser adscrita a esa corriente posmoderna de guiñar un ojo a la cultura popular y los juegos metaficcionales, pero en ella el equilibrio entre el contenido y lo formal la convierte en una gran narradora con una voz auténtica y personal.

Kelly Link (Miami, 1969) es una autora estadounidense que suele etiquetarse como slipstream, surrealista, “weird” o directamente inclasificable. Además de escritora es la editora de Small Beer Press, junto a su pareja, Gavin Grant, y dirige también el fanzine Lady Churchill’s Rosebud Wristlet; ambos catálogos se especializan en un tipo de narrativa igualmente inclasificable dentro de los habituales nichos de la literatura fantástica. Esta faceta no hace de ella una escritora tremendamente prolífica (aunque no llega al extremo de Eileen Gunn, cuyo perfeccionismo impide a sus seguidores disfrutar de ella más a menudo) de modo que cuenta con poco más de una veintena de historias publicadas en tres antologías y algún relato suelto aún sin antologizar. Su primer libro, Stranger Things Happen, cuenta con relatos escritos a lo largo de quince años, mientras que Magic For Beginners y Pretty Monsters incluyen relatos que han aparecido en revistas y antologías para jóvenes, de dentro y de fuera del género.

Kelly Link llegó tarde a España, a pesar de que varios premios como el Hugo, el Nébula y el World Fantasy avalaban su trayectoria. El problema es que es difícil encajarla en el estrecho panorama editorial: demasiado experimental para los lectores de literatura fantástica, demasiado imaginativa para los lectores de literatura general. Curiosamente, tuvo que ser Seix Barral y no una editorial de género la que diera a conocer a esta autora en España con una recopilación de muchos de sus mejores relatos, bajo el título de Magia para lectores (publicado en 2011).

Son muchos los autores que se han adentrado en el farragoso terreno de la literariedad para tratar de definir qué es lo que hace que un relato sea bueno, redondo, completo. Edgar Allan Poe hablaba de la totalidad del efecto; Cortázar de la unidad y esfericidad; Alberto Moravia sugería el impresionismo del cuento para diferenciarlo de la columna vertebral temática que rige las novelas, del mismo modo que William Faulkner hablaba del distanciamiento lírico del relato en contraposición al conocimiento lógico y por acumulación de las novelas; Chéjov decía del cuento que era un instante de la vida. Todo esto abunda en los relatos de Kellly Link, quien demuestra lo mucho que puede hacerse con una historia corta. Su habilidad para que lo difícil parezca fácil y para manejar distintos recursos y narradores convierte sus relatos en una auténtica delicia de lectura. No todas sus historias son brillantes, pero en todas ellas hay una intención de poner a prueba los límites, de arriesgarse a probar nuevas ideas, nuevos formatos, nuevos puntos de vista. La propia Kelly Link aconsejaba a los aspirantes a escritores que se arriesguen a escribir eso tan extraño que solo ellos son capaces de mostrar.

Desde luego, parece que ella misma ha seguido su propio consejo, pues a pesar de tener una voz característica, sus historias son siempre distintas, siempre intentan acercarse a un tema desde distintos ángulos. Pero detrás de esa pericia técnica, de los guiños metaficcionales y de esa querencia por la ambigüedad de sus relatos no espera el vacío: detrás hay un trasfondo íntimamente humano. Los temas en torno a los cuales orbitan sus relatos son la extrañeza de la adolescencia y las dificultades de hacerse mayor, la muerte, el amor, el desamor, la soledad y las pinceladas que retratan desde el fandom a la sociedad moderna.

La complejidad estructural de varios de sus relatos en Pretty Monsters (supuestamente destinada a un público más joven) pone de manifiesto que la literatura juvenil ofrece una experiencia didáctica en la formación lectora. También hay personajes, que se desenvuelven en la trama con unos diálogos tan brillantes como reales, un sentido del humor entre sardónico y directamente negro. En todos los cuentos destaca la habilidad de la autora para hacer reconocible lo extraño y extraño lo reconocible, porque para ella toda la literatura es extraña, especialmente cuando eres joven. Hay historias que investigan la naturaleza de la realidad y de la ficción (“Magic for Beginners”), el olvido y la muerte (“Carnation, Lily, Lily, Rose”), la separación y la familia (“The Cinderella’s Game”), el fracaso de un matrimonio (“Lull”), los niños invisibles para sus padres (“The Vanishig Act”). En muchas de ellas Link consigue un sentido de la inmediatez gracias a narradores en primera persona que están encapsulados en el momento mismo de la narración (“The Surfer”, “The Faery Handbag”), pero también logra una impresión de distancia con narradores en tercera persona que nos obligan a mirar las situaciones separados por un cristal.

Kelly Link es, además, la antítesis de la escritora solitaria y atormentada: en esta entrevista cuenta lo mucho que le gusta sentarse a escribir acompañada, sea en cafeterías, sea con otros autores e incluso dejarles el portátil cuando está atorada para que le den su opinión sobre cómo salir del atolladero. Se nota que es una autora que disfruta escribiendo, y eso sí que es raro: a la mayor parte de los escritores les gusta haber escrito, pero el acto de escribir suele ser para muchos una experiencia dolorosa. Ese placer de la escritura se refleja en una experiencia gozosa para el lector, siempre y cuando esté dispuesto a hacer parte del trabajo.

Decía Flannery O’Connor que el tipo de mente capaz de entender el relato es aquella dispuesta a profundizar su sentido del misterio en el contacto con la realidad y de profundizar su sentido de la realidad en el contacto con el misterio. En ese maravilloso libro que es Misterio y maneras, Flannery O’Connor decía también que “la narrativa resulta de dos cualidades. Una es el sentido del misterio; la otra, el sentido de las maneras”. Estas palabras parecen muy apropiadas para describir la lectura de los relatos de Kelly Link. El lenguaje de sus relatos —que muchos han decidido llamar, algo torpemente, realismo mágico— no se caracteriza por la exuberancia que cabría esperar de ese género, sino por el laconismo de Raymond Carver; como de Raymond Carver son las situaciones en las que se enmarcan los relatos, cotidianas pero inquietantes, como de unos amigos jugando al póquer o una familia que se muda a una casa nueva. Y debajo de esa cotidianidad, el surrealismo siniestro de David Lynch: un trasfondo donde algo ominoso e innominado acecha siempre bajo la superficie.

Los protagonistas de sus relatos suelen ser mujeres, adolescentes o niñas. De hecho, resulta sorprendente la carencia de hombres fuertes o decididos en la mayor parte de sus historias: los personajes masculinos de sus relatos parecen casi fantasmas o sombras de sí mismos, mientras que son las mujeres a su alrededor las que empujan la trama, aunque eso no significa que ellas sean un dechado de virtudes. Todos los personajes son creíbles por imperfectos.

El problema de las historias cortas es que suelen aparecer en recopilaciones interminables, o demasiado largas, pero no deberían leerse todas de una sentada sin que medie descanso entre ellas. Eso sería como ir a un restaurante y pedir tarta de primero, tarta de segundo y tarta de postre. De hecho, los relatos se parecerían más a una merienda que a un postre: un dulce que se come y se disfruta aislado, en pequeñas dosis. Naturalmente, una recopilación de historias no es un género prescriptivo que lleve la patente sobre el modo de lectura, pero sería recomendable administrar la lectura de estos cuentos de Kelly Link con cautela. Las historias de Kelly Link se terminan de leer con perplejidad y se releen intentando descubrir qué ha hecho y cómo lo ha hecho. Para ello, hace falta entrar en el juego que propone la autora, un juego más cercano al absurdo y al surrealismo que a las fantasías de grandes conceptos.