Hunterian Museum

En los museos siempre conviven nociones de historia, de preservación, de identidad, de canon. En los museos el pasado dialoga con el presente y se esboza una mirada hacia el futuro. El Hunterian Museum encierra en bellos tarros en formol una modernidad que resulta a un tiempo innovadora y salvaje. A través de esos fragmentos podemos acceder a una parte de la historia de los siglos XVII y XIX donde el hilo conductor de esta narración es el nacimiento de la cirugía moderna, encarnada en la figura de John Hunter, pero donde también encontramos, si nos acercamos lo suficiente a esos tarritos, subtextos que nos remiten a Robert Louis Stevenson, a Lord Byron, y donde podemos leer tramas paralelas que nos llevan hasta Charles Babbage y los circos ambulantes con sus desfiles de rarezas anatómicas. El Hunterian Museum es un lugar que puede inspirar más de una partida de Kult, que nos evoca escenas de El almuerzo desnudo, episodios de Carnivale o relatos de Palahniuk. Un museo que, si visitas Londres, no debes perderte.

John Hunter: cirujano de día, resurreccionista de noche

John Hunter pensando: “Y si injerto el espolón de un galgo en un humano, ¿correrá mejor?”

Aunque la colección de rarezas que amasó durante su vida nos pueda dar una imagen de científico chiflado (la que proyectaba entre sus coetáneos no dista mucho de esa), John Hunter (1728-1793) se considera hoy en día uno de los padres de la cirugía moderna. Propuso alternativas quirúrgicas en una época de sangrías y purgas y afrontó riesgos en pro del saber científico. Aunque con una educación un tanto pobre y sin mostrar un gran entusiasmo por los estudios, de zagal John Hunter ya apuntaba maneras. Abandonó la escuela con trece años porque los libros no eran lo suyo: él prefería la vida el aire libre, las flores, los pequeños insectos, diseccionar mamíferos chiquititos. Esas cosas. Con veinte años, decidió irse a Londres con su hermano William, diez años mayor que él, para trabajar de ayudante en la escuela de anatomía que había montado en Covent Garden. Eso era el sueño de la Pampa para el joven John, pues allí los alumnos podían diseccionar ellos mismos un cadáver humano. En John recayó la tarea de obtener los materiales de estudio, lo que le granjeó la amistad de los ladrones de cuerpos de la época.

El Hunterian en 1853. Bombardeado en la Segunda Guerra Mundial, parte de la colección se perdió.

Después de un pique entre hermanos y de pasar un tiempo como cirujano en el ejército, John Hunter quiso montarse su propio chiringuito. En su casa de Leicester Square atendía a los clientes en la fachada principal y, al cobijo de la noche, recibía por la fachada trasera a los resurreccionistas (los ladrones de cuerpos que desenterraban cadáveres para abastecer de sujetos de estudio a las cada vez más abundantes escuelas de anatomía) que le entregaban los cadáveres para las clases de anatomía. Cirujano de día y resurreccionista de noche. Después de un tiempo, añadió el museo no solo para mostrar su colección y los progresos que iba haciendo en anatomía patológica, sino con la intención de atraer a posibles estudiantes y la casa quedó distribuida de la siguiente forma: la casa en la fachada principal, el museo y la sala de conferencias en el medio y las habitaciones donde se diseccionaban los cuerpos en la parte trasera. Esa disposición, que tantos análisis sociológicos puede suscitar, adoptada también por otros anatomistas de la época, pudo inspirar a Robert Louis Stevenson a la hora de escribir El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

¡Loco! ¡Me llamaban loco!

Los científicos de antes los tenían cuadrados: Newton se pinchó con una aguja en el ojo para investigar la refracción de la luz*. De forma parecida, a John Hunter se le atribuye (quizá de forma errónea, pero la versión se extendió como la pólvora debido a la reputación que se había labrado) que, para probar que la gonorrea y la sífilis eran dos enfermedades distintas y no diversas manifestaciones de una misma enfermedad, se inoculó a sí mismo con el pus de un paciente enfermo, en la uretra; lo que John Hunter ignoraba es que ese paciente también se había contagiado de sífilis, algo común en la época. Aquel hecho fortuito lo llevó a pensar erróneamente que la sífilis y la gonorrea estaban causadas por un único agente patógeno y llegó a defender en un tratado sobre las enfermedades venéreas que las dos enfermedades no eran más que distintas fases de una sola.

A John Hunter se le atribuye también la primera inseminación artificial: aconsejó a un paciente, estéril a causa de hipospadias, que guardara su semen en una jeringuilla y se lo inyectara a su mujer en la vagina. Este consejo, que en aquel momento bien pudo parecer sacado del Twitter de Jodorowsky, resultó en un embarazo.

Pero su inquietud no terminó ahí: pionero de la odontología, quiso saber cómo podría funcionar el trasplante de dientes en humanos y para ello plantó un diente en la cresta de un gallo y, contentísimo por el resultado, supuso que eso podría funcionar en humanos. No supuso bien, pero ¿a quién le importa eso cuando tienes un gallo punki con un diente en la cresta a modo de piercing?

Pasen y vean

Entre la colección de unos 3.500 especímenes se pueden encontrar glándulas linfáticas de babuino, estómagos de gaviota, un lagarto de dos colas, penes con sífilis y fetos humanos. Además se exhiben algunas piezas que dan testimonio de las contribuciones que hizo al avance de la cirugía (algunas de las cuales pueden llenar las noches de pesadillas, como las que muestran la forma en la que se hacían las litotomías sin anestesia).

Entre las joyas de la corona que atrapan al más morboso visitante se encuentran:

El esqueleto del hombre más alto del siglo XVIII (Charles Byrne, 2,31 cm, conocido descriptivamente y en un alarde de imaginación como el “gigante irlandés”, quien tenía auténtico pavor a que los cirujanos diseccionaran su cuerpo y pidió que tiraran sus restos al mar: contra sus deseos, el cuerpo fue adquirido por el módico soborno de 500 libras —un dineral de la época— y se exhibe ahora en el museo, no sin algún que otro debate ético.

El hemisferio izquierdo del matemático Charles Babbage (la otra mitad está junto con su máquina diferencial en el Museo de Ciencia de Londres).

“Me siento un poco solo, como si me faltará algo”

El recto con nombre y apellidos del arzobispo Thomas Thurlow, que murió de cáncer intestinal.

Los dientes de Churchill. Su dentadura postiza, más bien, fabricada de modo que le quedara ligeramente suelta para que así pudiera seguir hablando con la dicción que lo caracterizaba.

Caroline Crachami, el hada siciliana, con su esqueleto de 50 cm que los anatomistas consiguieron agenciarse a pesar de los vanos intentos de su padre por mantenerlo a salvo.

La nueva carne

El hombre podría haber pasado a la historia como el médico que le diagnosticó un pie equino al Lord Byron recién nacido y le aconsejó a su madre, Catherine Gordon, que le pusiera una bota especial para corregírselo (algo a lo que la madre hizo caso omiso, pero tampoco importó mucho, porque el muchacho se cruzó el Helesponto a nado de todos modos). Sin embargo, con este repaso de algunos de sus logros (y el esbozo de alguna de sus sombras) queda claro que el puesto que le está destinado en la historia es otro. No obstante, la historia continúa y la sombra de sus hallazgos se proyectará también en una nueva serie de televisión protagonizada por Tim Roth y producida por David Cronenberg, el padre de la Nueva Carne, quien dirigirá también el episodio piloto. Carne, suponemos, habrá mucha en esta serie basada en la biografía que Wendy Moore escribió sobre el cirujano The Knife Man: Blood, Body Snatching, and the Birth of Modern Surgery, que llevará por título Knifeman (“el hombre del bisturí”). Aunque el protagonista de esta versión dieciochesca de CSI no se llamará John Hunter, sino John Tattersall.

Horario del museo: de martes a sábado, 10.00 a 17.00

Dirección: 35-43 Lincoln’s Inn Fields, Royal College of Surgeons, Londres

*Fuentes cercanas nos aclaran que lo que hacía Newton era “meterse una vara de naranjo entre la órbita y el globo ocular para ver dónde aparecía el fosfeno” y nos aseguran que no duele porque un primo suyo lo probó y no son más que cosquillitas, como quitarse una lentilla. No obstante, como amantes de la ciencia que somos, si queréis mandarnos vídeos “haciendo el Newton” para comprobar empíricamente la ausencia de dolor del experimento, podéis enviarlos a Fata al 555 555 con el hashtag #todoporlacienciaperosinlaciencia