Cita con Miéville [III]: una entrevistadora en busca de autor

Esta es la última parte de la entrevista con China Miéville, donde se explora el tema de la nostalgia, los engranajes de la ficción y las expectativas de los lectores. Han sido cinco mil palabras con Miéville (alguien deberá escribir este libro) preñadas de lucidez que esperamos que os hayan gustado. Una entrevista en tres actos cuyo desenlace os ofrecemos a continuación. Podéis leer el primer acto aquí y el segundo acto aquí. Ahora sois libres de crear la entrevista apócrifa, los entremeses o una pieza especulativa inspirada en el Auto de los Reyes Magos: la adoración de China, un drama litúrgico.

Se abre el telón y aparecen Miéville y una azorada entrevistadora que mantiene el tipo como puede.

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Fata Libelli: Decías antes que todo es cíclico, y eso me recuerda a algo a lo que llevo dándole vueltas mucho tiempo, como una especie de obsesión personal. Me da la sensación de que la posmodernidad está —no sé si es la palabra— obsesionada con el siglo XIX y no sé si es la representación de lo que decía Villiers de l’Isle-Adam de que todos los fines de siglo se parecen. Como, por ejemplo, las novelas de vampiros como Drácula trataban, quizá de forma inconsciente, el tema del miedo a la sífilis, y en las películas de terror de los ochenta había una representación latente del miedo al SIDA y ese tipo de paralelismos. ¿De dónde, si es que la hay, viene esta obsesión con el siglo XIX?

China Miéville: ¿Te refieres a esa palabra que empieza por ese?

FL: ¿Que empieza por ese?

CM: [Susurra] El steampunk.

FL: Bueno, en parte sí, claro, pero no solo me refiero al género fantástico: hay otros autores fuera del género como Tom Stoppard, o A. S. Byatt o libros como La mujer del teniente francés que también vuelven la mirada al siglo XIX.

CM: Ah, ya. No lo tengo claro. Me pongo escéptico cuando alguien adopta una perspectiva transhistórica, porque el contexto siempre cambia. Desde luego no creo que el interés por el victorianismo se deba, de forma reduccionista, a que ellos tenían su fin de siglo y nosotros el nuestro. Creo que cada época suscita un interés cultural distinto, ya sean los 80 o 1880. Pero hay razones culturales específicas. En mi opinión, creo que esa obsesión con el victorianismo —desde luego a partir del año 2000 y en la esfera de lo fantástico— refleja una ansiedad posimperialista, muy en especial una ansiedad post-Iraq. Y sé que esto no hace falta decirlo, pero no me refiero a que todo el mundo que se ponga una chistera en la cabeza esté expresando una inquietud imperialista, del mismo modo que no todo el mundo que ha leído Drácula está preocupado por la sífilis, aunque ésta forme parte de la obra. Me refiero a que ése es el motor de estas ansiedades culturales. A mi modo de ver, a principios del año 2000 se produce una especie de reacción contra aquellos que se oponían a la idea del “imperio” y, en aquel momento, muchos pensadores de derechas, sin lugar a dudas en este país, pero también en otros —de los cuales Niall Ferguson es el más conocido, pero no el único—, empezaron a decir que ya iba siendo hora de dejar de pedir perdón por el imperialismo. Y para eso yo tengo dos respuestas. Una: ¿cuándo se supone que nos hemos disculpado? Porque yo no estaba presente. Y la segunda, que creo que tiene que ver con cierta inquietud de categorización sobre lo que estábamos haciendo en Irak y con un intento de asimilar ideológicamente esas inquietudes, es que se volvió a coquetear con la idea del imperio. Aunque también es cierto que cualquiera que no abrace ciegamente una ideología está de acuerdo en que el imperio es, y fue, una época bastante jodida. Y por eso creo que gran parte del steampunk, sobre todo en su primera fase —aunque para ser justos eso está cambiando—, se construyó en torno a un clamoroso silencio respecto al imperialismo, se limitó a un conjunto de fruslerías y cachivaches, y ese silencio dice mucho sobre la dinámica que te ha llevado hasta allí: un regreso fabulado y angustiado a una Inglaterra no imperialista. Pero eso es algo que puedes hacer con cualquier época, como por ejemplo el cyberpunk, que te puedes preguntar: ¿por qué el cyberpunk?, ¿por qué entonces?, ¿por qué los 80? Todas esas épocas representan un proceso de simultánea atracción y repulsión. El imperio: ese fascinante poder, esa cosa terrible, pero que al mismo tiempo resulta tan irresistiblemente atractivo. Y de ahí es de donde surgen obras llenas de ansiedad, pero también maravillosas y apasionantes, aunque se sitúen a menudo en categorías bastante incómodas.

FL: También es cierto que a veces es nostalgia pura y dura, como puede ser el caso de Harry Potter, con esa romantización de ciertos escenarios victorianos. Aunque reconozco que a mí me gustaron los libros.

CM: Solo he leído los dos primeros, pero no eran para mí. Los encontré terriblemente nostálgicos y no entiendo por qué a le gente le gustan tanto, pero le gustan. Está bien. No es robar, no es vender pornografía infantil, no es vender armas químicas… Estupendo. Pero no suele gustarme lo que me parece una ficción descaradamente nostálgica.

FL: Es uno de esos placeres culpables.

CM: No, si yo tengo muchos de esos placeres culpables, pero resulta que Harry Potter no es uno de ellos. Es verdad que dicen que los siguientes mejoran, pero a mí no me gustaron. Enid Blyton, sin embargo, sí, y es mucho más nostálgica.

FL: ¡Pero me encanta Enid Blyton!

CM: ¿En serio?

FL: Sí, yo creo que todos crecimos con ella: meriendas, pasadizos secretos…

CM: Me dejas de piedra.

FL: Pues es un clásico de la infancia de muchos de nosotros.

CM: Ajá, vaya. Aunque su prosa es espantosa: pum, pum, pum. Pero…

FL: Pero las historias molaban.

CM: Sí, sí, estoy de acuerdo.

FL: Traigo esta pregunta en representación de tus lectores, a quienes consulté si querían saber algo en concreto. En Embassytown se esbozan muchos elementos del universo pero apenas se desarrollan, sobre todo los referidos al Immer, al Out y en general a todo lo que sucede fuera de Arieka. ¿Descubriremos más de ese universo en futuras novelas?

CM: Es un universo al que fácilmente podría volver en futuras novelas, pero al mismo tiempo no comparto el deseo que tienen muchos lectores de que el autor vuelva a esos elementos del libro que me gustaron mucho pero que no terminó de explicar.

FL: Con La ciudad y la ciudad había mucha gente que se quejó… bueno, no es que se quejara, pero…

CM: No, no, sí que se quejaron.

FL: Bueno, pues que se quejaba de que no se terminara de explicar de dónde salían los artefactos, cómo había ocurrido la división (si es que había habido tal cosa) de las dos ciudades, etcétera. A mí personalmente me gustó mucho cómo manejaste la ambigüedad en el libro.

CM: Creo que si recibes críticas es importante que seas lo más humilde posible respecto a ellas, que seas lo más abierto posible, porque a lo mejor tienen parte de razón. Y es preciso que las leas, aunque a veces es difícil y otras incluso doloroso, pero tienes que pararte a pensar: “¿es una crítica justa?, ¿está justificada?”. Voy a pensar en eso. Pero hay críticas que en el momento en el que aparecen te dices: tú y yo no tenemos nada de qué hablar, nada en absoluto. Así que, por ejemplo, si me llamas “pretencioso” tú y yo no tenemos nada que decirnos. Vale, ¿quieres decirme que mi prosa es una mierda?, ¿que no funciona?, ¿que falla por estas y aquellas razones? Vale, podemos tener esa conversación. Pero… ¿pretencioso? ¿Qué coño significa eso? Lo que en teoría querría decir es que haces algo distinto a lo que quieres hacer, y ése no soy yo. Pero, vale, en ese caso, ¿qué es lo que quieres hacer?, ¿y por qué importa? O a lo mejor lo que significa es “huy, mira, cómo va de listo”, entonces me importa un cojón que te moleste que esté intentando hacer algo con mi prosa. ¿Que no funciona? Bien, eso podemos discutirlo y ahí hay espacio para la crítica, pero ¿por el esfuerzo en sí? O “innecesariamente confusa”. ¿En serio? ¿Cómo que “necesitar”? ¿Cómo de confusa tiene que resultar esa prosa? Ese concepto no tiene ningún sentido. Así que no, pretenciosidad, no. Y otra de las cosas es: esto no lo explicaste, o es que no lo entendí. Bueno, a mí me gusta que los libros me dejen confuso, si lo que cuentan me interesa. Creo que es algo que sucede especialmente con los lectores que salen poco del género, porque fuera de lo fantástico no tiene mucho sentido. ¿Te imaginas a alguien que diga “me gustó mucho, pero es que nunca entendí por qué Gregor Samsa se convirtió en escarabajo? ¿Fue por alguna radiación?” Es de locos.

FL: ¿La geografía de la razón?

CM: Ja, ja, ja, sí, sí, eso mismo, la “geografía de la razón”. Vale, pues con La ciudad y la ciudad algunos creían que salió bien y otros que falló, pero para mí la mejor forma que podría habérseme ocurrido de arruinar el libro era decir: veréis, ésta es la historia de Ul Qoma y de Besźel, así es como sucedió… No lo entiendo.

FL: No me los he leído todos, pero me leí el primero de los Libros del Sol Nuevo, de Gene Wolfe, y me encantó, aunque no me enteré de nada, porque esa falta de explicación me daba una sensación de profundidad al universo que me dejaba con la boca abierta.

CM: Es increíble.

FL: Sí, y estoy de acuerdo en que parece una cosa más de lectores de género que fuera de él.

CM: Claro, hay casos en los que no entender es un problema, pero no entender por no tener todas las piezas de la historia per se no es un problema, es la forma en la que funcionan algunos libros y hace que sean lo que son, ¿no? Así que, sí, eso me exaspera terriblemente. Es que… bueno, no importa.

FL: No, hombre, es tu momento de queja.

CM: Es que creo que eso se fundamenta en una serie de nociones erróneas, no solo sobre la literatura, sino sobre la vida: creo que pedirle a la literatura que funcione como un manual de instrucciones es extraño, como uno de esos folletos de Ikea de esto va aquí y esto allí. Y lo segundo, aunque es subsidiario de lo primero, es esa teoría absurda de que la ficción es un reflejo del mundo; como en La ciudad y la ciudad: “es que no entiendo cómo Besźel y Ul Qoma pueden funcionar de ese modo”. Entonces ¿acaso entiendes Budapest?, ¿comprendes Londres? Y creo que está relacionado con la tradición en la que estamos enmarcados. Es un reflejo de las típicas quejas, como “pues estaba leyendo este libro y en él el autor explica un viaje interestelar y es que según la física esto no es así, así que ya no me gusta porque no tiene sentido”. Me importa una mierda. ¿Que me dices que una nave espacial funciona con las alas mágicas de unos caballos? Me da igual siempre que construyas una historia con ellos. Eso a un nivel muy banal. Y ésta es una discusión que tiene ya más de cien años, se remonta a Julio Verne en contraposición a H. G. Wells. Y yo estoy del lado de Wells en esto.

FL: También está relacionado con esa idea de que el lenguaje tiene que ser transparente, una ventana a la realidad.

CM: ¿Y por qué el lenguaje no puede ser una forma de aterrorizar, de inquietar, o de expresar un violento nihilismo? Puede ser todas esas cosas.

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Se baja el telón. La entrevistadora dice que no tiene más preguntas, le pide un saludito en español y la foto de rigor. Los personajes se levantan, se despiden, se desean lo mejor. Nadie sabe cuándo volverán a verse, si es que eso sucede alguna vez.