Cita con Miéville [II]: la guerra de los géneros

Aquí tenéis la segunda parte de la entrevista con China Miéville, dedicada a los géneros literarios. La primera parte de la entrevista, centrada en la traducción, la podéis leer aquí.

Fata Libelli: Eres un escritor muy interesado en los géneros y, desde luego, pareces tener una idea muy clara de cómo funcionan, aunque luego hagas con ellos algo muy diferente. Hace tiempo dijiste que querías escribir un libro en cada género, que es una empresa muy Kubrick de hacer. ¿Hay algo nuevo entre tus planes con un género que aún no hayas tocado?

China Miéville: [Se sonríe]. Una de las cosas que tiene internet es que no te deja olvidar un comentario que hiciste hace años, así que me siguen enrolando en la causa por comentarios que hice hace doce años. Lo que sucedió en aquella entrevista, creo que fue hace ya cinco años, es que yo acababa de escribir La ciudad y la ciudad, y había intentado enmarcarla muy cuidadosamente dentro de la tradición de la novela negra. Así que dije aquello y en seguida me olvidé de que lo había dicho, pero después empezó a citarse en todas partes. Y lo que sucede (y no estoy renegando de ello solo porque es algo que me pasa a mí) es que a veces escucho alguna tontería que pronuncié hace tiempo y me digo: “qué idea tan buena, ¡debería hacerlo!, ¡qué tío más listo!”. A donde quería llegar con eso es que me interesa el género como una especie de motor de forma de hacer las cosas. Yo vengo de una tradición de literatura de género, lo que significa que no me da ninguna ansiedad intentar entender géneros cuyo funcionamiento no conozco de forma instintiva; ahí radicó parte del placer de escribir La ciudad y la ciudad. Me refiero a que ya había leído mucha novela negra durante años, pero no es la tradición genérica de la que vengo. Así que me puse a leer mucha novela negra y me dije que iba a leerla de forma científica y que quería ser completamente fiel, muy riguroso. La analogía, la metáfora que uso, como ya he dicho, es la del motor: si lees durante mucho tiempo un género determinado por mero placer, simplemente te dejas de llevar, te dejas conducir por el coche; pero si quieres saber cómo funciona entonces lo abres y examinas sus partes. Ahora, por ejemplo, estoy muy interesado en las novelas del periodo de la Regencia y he intentado leer muchas de ese tipo, porque no pertenecen a la tradición de la que vengo y quiero saber cómo funcionan. Del mismo modo, leí un montón de wésterns cuando escribí El consejo de hierro, ya que estaba intentando comprender cómo funcionan. Quería escribir algo respetuoso dentro del marco de esas tradiciones, no con ferviente obediencia, pero sí con respeto. Intento comprenderlos, saber cómo funcionan. Así que, sí, no quiero seguir siendo responsable de las cosas que dije hace cinco años, pero tampoco me molesta: me gustan los géneros, me gustan los mecanismos que los componen, me gusta cómo los lectores leen con arreglo a una serie de estrictos protocolos…

FL: Es ya casi un lugar común decir que las fronteras entre la fantasía y la ciencia ficción están cada día más diluidas, pero como escritor y aficionado a la literatura fantástica, ¿cuánto te importan las definiciones de cada subgénero? ¿Hay alguna que te satisfaga?

CM: Como escritor de ficción no me importa en absoluto, me es indiferente la etiqueta que le pongan a mis libros. Cómo yo mismo defina mis propios libros depende totalmente de con quién esté hablando: si hablo con alguien que no sabe mucho de género, digo ciencia ficción, más que nada por abreviar, pero si hablo con alguien que está un poco más metido, entonces digo weird fiction, por si conocen algo de esa tradición. Si dispongo de algo más de tiempo para adentrarme en particularidades, entonces defino la ficción que escribo como parte de la literatura fantástica, porque obviamente eso lo engloba todo. Pero estoy de acuerdo contigo, creo que las supuestas rígidas fronteras entre la fantasía y la ciencia ficción están cada vez más erosionadas, lo que, en mi opinión, es bueno. Pero este tipo de cosas son cíclicas, van y vienen, y siempre he discutido con mi parte más teórica, cuando estaba escribiendo ensayos algo más académicos, y siempre he creído que las fronteras entre la fantasía y la ciencia ficción son epistemológicamente insostenibles. He tratado de escribir sobre eso en algunos ensayos académicos. Es indiscutible que existen ciertas diferenciaciones, toscas pero funcionales, como casilleros, pero cualquier definición que obtengas fundamentada en esos supuestos no será más que una definición temporal: funcionará para esto, pero no para aquello. Pero no pasa nada, está bien que exista. Creo que parte del problema con estas discusiones es que se elide a qué categorías te estás adhiriendo. Puedes estar discutiendo de alguien sobre esto y virar de las categorías filosóficas a las categorías del marketing, a las contingentes predilecciones lectoras… pero no son el mismo tipo de distinciones. Por eso, siempre que tengo esta conversación, quiero parar y decir: ¿podríamos por lo menos aclarar primero de qué estamos hablando, en qué terreno nos estamos moviendo? Según el punto de vista del marketing, está claro que existe una distinción entre la fantasía y la ciencia ficción, aunque incluso ésa está empezando a diluirse. Desde el punto de vista filosófico, creo que es más difícil de responder. Y creo que hay cosas en juego en estos debates, pero es imprescindible definir los términos antes de entrar en materia.

FL: Sí, tienes razón en que hay que acotar primero el terreno y especificar a qué definición nos adherimos. Hace unos días unos amigos me descubrieron un intento de definición, centrado en la temática de las obras, de Gary. K. Wolfe en el que decía que las obras de ciencia ficción se centraban en la geografía de la razón, las de fantasía en la geografía del deseo y las de terror en la geografía de la ansiedad. Y creo que está muy bien como frase, es muy poético, pero en realidad no define nada.

CM: Sí, exactamente, es un tipo de poesía metaliteraria. Cuando empiezas a cuestionarlo más a fondo resulta más problemático. Es problemático a dos niveles, como suele ocurrir con este tipo de cosas. Uno es que empiezas a postular ejemplos de delimitación de fronteras. Por ejemplo, Dune, ¿la temática de Dune se centra en la geografía de la razón? La verdad es que no. ¿Entonces qué es? Hay mucha “ansiedad” en ella, ¿eso la convierte en terror? Está claro que no. Así que la definición se resquebraja. Y todos estos libros, a mi parecer, tienen la misma problemática. En mi caso, yo establezco una distinción muy clara (y lo siento: si has leído otras entrevistas mías sabrás que me estoy repitiendo; en realidad no tengo más que cinco o seis opiniones y las voy regurgitando según toque) entre el arte que busca el extrañamiento y el arte que busca el reconocimiento. Y creo que en el terreno de lo fantástico hay cierta fidelidad (a menudo una muy perturbadora y no siempre continuada en el tiempo) al extrañamiento y, aunque hay obras del otro lado que me interesan, en general siento más afinidad con el arte que busca enajenar al mundo y al lector. Y nunca diría “¡pero todo es ficción!”, porque creo que hay diferencias estéticas muy marcadas entre lo que hacen los surrealistas, lo que hace Zelazny, lo que hacen Philip K. Dick u Octavia Butler, en contraposición con lo que hacen Anita Bruckner, Martin Amis y escritores de ese tipo. Y por eso creo que el género fantástico es fiel a esa tradición y es por eso que me defino como un escritor perteneciente a lo fantástico. A no ser que tengas dos horas para meterte en esa discusión, de esta forma evitas entrar en las distinciones entre subgéneros.

FL: Es cierto, pero incluso la clásica distinción entre el llamado realismo, o mímesis, y lo fantástico también parece ser algo más borroso ahora, pues cada vez hay más autores que toman elementos de lo fantástico y los introducen en sus obras, porque, por ejemplo… Vaya, por cierto, siento que no ganaras el Hugo, Embassytown era mi favorita.

CM: Sí, tienes toda la razón. Y gracias. La verdad, me quedé muy sorprendido y nada sorprendido a la vez. No me sorprendió ni lo más mínimo que yo no ganara, pero me quedé asombradísimo de que no ganara George R. R. Martin.

FL: En el fondo yo también, aunque reconozco —a pesar de que Embassytown era mi favorita— que la novela de Jo Walton me gustó mucho.

CM: Jo Walton barrió con todas las expectativas y partía en clara desventaja. Pero volviendo al tema de antes, sí, sí, tienes toda la razón en que también esas fronteras están ahora más diluidas. Y lo que me resulta muy interesante (esto se me acaba de ocurrir, aunque, ahora que lo pienso, resulta obvio) es que hemos visto a muchos escritores de —a falta de un término mejor— narrativa convencional usar ideas, tropos y tradiciones de lo fantástico, pero es algo que apenas ha ocurrido a la inversa. Es decir, uno puede pensar en Ballard, el Ballard más tardío, que tiene muy pocos, o casi ninguno, elementos fantásticos, pero es un camino mucho menos transitado. Pero sí, creo que tienes razón, creo que ahora estamos viendo una relajación de las tensiones entre los dos campos. Y es algo que recibo de buen grado, pero tampoco me vuelvo loco de entusiasmo, porque estas cosas son cíclicas: están bien cuando llegan, pero tampoco me importa cuando se van. Claro que me irrita el esnobismo, como a todos los aficionados, pero tampoco me siento insultado ni nada por el estilo. Y me parece sintomáticamente fascinante que esté ocurriendo ahora, y justo en la medida en la que está ocurriendo ahora: creo que es algo que merece la pena investigarse. Y es por eso que me irrita cuando los frikis —como tú y yo, quiero que quede claro que me siento parte del grupo—, que me irrita profundamente , decía, cuando nos quejamos de que nos marginan. No porque no haya habido motivos para quejarse hasta ahora, por supuesto que se han dado posturas de esnobismo, pero no puedo pensar en un momento en los últimos treinta años en los que hayamos gozado de mayor protagonismo ni atraído más atención; ningún momento en el que nuestra lengua vernácula haya sido el lenguaje por defecto, el más viral, el más presente en la televisión; un momento en el que los autores importantes estén usando nuestras ideas, y muchas veces de forma respetuosa, ni siquiera se puede considerar un “robo”. Si hablas con Junot Díaz o Zadie Smith ves que realmente están interesados en nuestra tradición genérica. Así que me parece que deberíamos dejar de lloriquear de una puta vez, que nos va muy bien. Es probable que no dure eternamente, pero nos estamos quejando como si todavía estuviéramos como hace veinte años y nadie reseñase nuestros libros.

[Aquí quise decir una cosa graciosa y él entendió otra cosa mucho más graciosa que le hizo reír mucho, pero escuchando la entrevista, con el ruido de la cafetería, no entiendo ni jota de qué palabra tan graciosa se creyó que dije.]


De hecho, yo diría más, empiezo a tener ganas de polémica con todo esto. Nos hemos quejado, y, durante tres décadas, no sin motivos, de que no nos prestaban atención, de que estábamos marginados, de que era todo un fastidio y de que todos eran unos esnobs. Pero eso ya ha pasado, al menos por el momento, esa batalla está ganada. Así que deberíamos dejar de lloriquear. Y creo que es momento de dar un paso más: a lo mejor una de las razones por las que nadie nos tomaba en serio es porque dábamos pena. Siempre estamos con eso de que los de la “literatura seria” tendrían que aprender de nosotros, pues bien: a lo mejor somos nosotros los que tendríamos que aprender de ellos. Y es que fíjate, por ejemplo, en el tipo de prosa que se ha cultivado en gran parte de la literatura de género, con honrosas excepciones, por supuesto. Incluso cuando expresaba ideas maravillosas, si la comparas con la prosa de la “literatura seria” (mucho menos interesante para mí desde el punto de vista temático) parece que hemos sido muy benévolos con la prosa descuidada, muy benévolos con la eterna repetición de los mismos clichés y conceptos, demasiado poco críticos con nuestros prejuicios y predisposiciones, así que ya va siendo hora —paradójicamente, gracias a esta victoria— de ejercer más la autocrítica y de dejar de lamentarnos. Porque es así como conseguiremos que se escriba mejor ficción, por eso mismo.

[La continuación se publicó el miércoles 24 de octubre y se puede leer aquí.]