Cita con Miéville [I]: la traducción es una cruel amante

Hacía ya un tiempo que había tenido la suerte (aunque hubo muchos lloros y rechinar de dientes en el proceso, muchos más de los que me gustaría) de traducir a China Miéville. Con la osadía que da la juventud, le pedí una entrevista por el mero placer de charlar con él (y, claro, fardar delante de mis amigos publicándola en mi blog personal), una entrevista que tuvimos que aplazar en varias ocasiones por problemas de agenda. La entrevista, después de varios lances del destino, tuvo por fin lugar un 18 de septiembre de 2012, en Londres, en una ruidosa cafetería (normal que fuera un lugar público: es lo que te recomiendan cuando vas a verte con extraños que encima te dicen, con hormonado entusiasmo, que adoran tu obra).En el intermedio se había gestado la semilla de Fata Libelli, este proyecto donde hablamos de la literatura que nos gusta: la literatura fantástica. Y creímos que qué mejor manera de bautizar esta página, un mes después de aquel encuentro, con este regalo del destino: un China Miéville del 72.

Las preguntas de esta conversación, por tanto, surgieron motivadas únicamente por los deseos subjetivos y los intereses personales de esta que escribe, ya que, como decía, en un principio no iba a publicarse en un proyecto comunitario. Habéis de saber que en aquella ruidosa cafetería se habló, por este orden, de traducción, del estado de los géneros y de nostalgia. Se habló mucho, casi una hora, más de cinco mil palabras y todas las respuestas estuvieron cuajadas de inteligencia. Por ello hemos decidido que, para facilitar su lectura, la dividiríamos en partes. Hoy os dejamos la primera parte, dedicada a la traducción; el lunes 22 os ofreceremos la segunda, dedicada a los géneros; la tercera y última, centrada en la exploración de la nostalgia, la publicaremos el miércoles 24.

Esperamos que os guste y teneros por aquí esos tres días.

Fata Libelli: Si de algo tienen fama tus obras, muchas gracias, ¿eh?, es de que son bastante difíciles de traducir.

China Miéville: Vaya. [Se tapa la cara con las manos.]

FL: ¿Resulta frecuente que los traductores se pongan en contacto contigo para preguntarte dudas?

CM: Sí, no es algo infrecuente. Diría que es una minoría sustanciosa de traductores la que se pone en contacto conmigo; no creo que llegue a ser la mayoría, pero sí una minoría sustanciosa; algunos tienen preguntas muy generales y otros preguntan cosas más específicas. Pero siempre me gusta escribirme con los traductores porque, egoístamente, me hace recapacitar sobre palabras que uso de las que no era del todo consciente, sobre todo cuando me hacen preguntas sobre matices de significado y cosas de ese tipo y tienes que esforzarte en pensar qué es lo que querías transmitir. Y, además, aunque no soy un experto lingüista como para juzgar, hay ciertas preguntas del traductor que me hacen sospechar que está haciendo una traducción buena e interesante; por tanto, las preguntas me dan una idea de la calidad de las traducciones.

FL: Sí, es cierto, de hecho ésa era la segunda pregunta: si incluso a veces hay preguntas que te hacen dudar del trabajo del traductor; o, incluso, las preguntas no formuladas.

CM: Ésa es una pregunta muy interesante. Por lo general, las preguntas que pueden hacerme saltar las alarmas son aquellas en las que el traductor me pregunta algo del tipo “con esta palabra seguro que te referías a esto y a esto otro” y la respuesta es “¡no!”. Y bueno, lo que alguna vez me ha producido cierta, no diría ansiedad, pero sí cierta sorpresa, es cuando no me han hecho determinadas preguntas. En El rey rata, por ejemplo, hay bastantes expresiones londinenses arcaicas. Bueno, de esto ya ha pasado una década, pero recuerdo que estaba esperando que el traductor, especialmente los traductores asiáticos —el coreano, el japonés— se pusieran en contacto conmigo porque había una expresión, “the fisherman’s daughter”, que es una expresión muy arcaica para referirse al agua, y esperaba que me contactaran para explicarles todo esto, pero nadie me preguntó nunca nada al respecto. Así que pensé que había dos posibilidades: o bien el traductor tiene un conocimiento increíble del inglés del siglo XIX o bien hay un montón de traducciones literales espantosas que no van a tener demasiado sentido. Tampoco quiero sonar presuntuoso, claro, pero…

FL: En cuanto a la calidad de las traducciones, hasta ahora el concepto de fidelidad ha sido la piedra de toque de una buena traducción, pero el concepto de fidelidad, además de presuponer su contrario (la traición), plantea muchas preguntas: ¿fidelidad a quién? ¿Al autor?, ¿al texto original?, ¿al editor?, ¿a los lectores? Como autor, ¿qué sería para ti una traducción de calidad? Como autor y como lector que también lee obras traducidas, claro.

CM: Yo no soy traductor, así que ésta es una respuesta de aficionado, pero estoy completamente de acuerdo contigo: la idea de fidelidad suscita más preguntas que respuestas y, además, es que es francamente imposible. Sé que es un cliché, pero siempre se pierde algo en la traducción, aunque sea a un nivel muy banal; al mismo tiempo, también se gana algo con la traducción, y, de nuevo, hay algo que cambia en la traducción. No pasa nada. Pero creo que eso de decir que la traducción tiene que ser tan parecida al original como sea posible es un sinsentido. Si estás traduciendo de un idioma donde el sentido se construye durante una frase muy larga y no se resuelve hasta el final, y lo traduces a un idioma donde eso no ocurre, una traducción literal daría un sabor demasiado avant garde que no le pertenece. Así que, ¿qué haces?, ¿cortas las frases? Y así con todo. Bueno, eso tiene que ser tu “pan nuestro de cada día”. También creo que quedarse pegado a las intenciones del autor es un error. Los autores no tienen ni idea de lo que están haciendo la mayor parte del tiempo.

FL: Y, además, de la intención al resultado puede haber una gran diferencia.

CM: Sí, sí, yo no soy nada fan de la intención autorial. Ya he dicho esto muchas veces, pero si hay algo que me irrita es cuando los autores discuten las interpretaciones con argumentos del tipo “esto no es lo que yo quería decir”. Así que, sí, estoy contigo, la única forma en la que podría enfocarse el asunto es pensar que estás haciendo algo nuevo. Si tuviera que ser fiel a algo diría que habría que serlo a alguna especie de efecto emocional, al tono del mensaje, cierto sentido de la obra, la resonancia emocional. Incluso si eso significa cambiar las palabras o las frases, o los matices, o eso que se ve de vez en cuando como una pequeña nota que diga “esto es prácticamente intraducible por tales y tales razones”. No me importan las notas. Sé que hay gente a la que le molestan porque cree que es tarea del traductor interpretar todo el texto, pero yo no estoy de acuerdo: siempre y cuando no aparezcan cada tres páginas, creo que es una forma muy honrosa de darse por vencido, me gusta bastante y que creo que genera confianza en el lector. Así que ese efecto emocional es lo que espero de las traducciones y lo que espero de los libros traducidos en otros idiomas. No me importa que se cambie la estructura o la longitud de las frases. Lo que sí me importa es cuando comparo el original con la traducción y veo que hay partes que se han recortado, eso me sorprende muchísimo, pero ya hablamos de otra cosa.

FL: Siempre recuerdo una cita que dijo un profesor en clase, pero lamentablemente ya no me acuerdo de a quién pertenece, que venía a decir: “antes de la crítica, solo Dios y yo sabíamos lo que quería decir; después de la crítica, solo lo sabe Dios”.

CM: Ya. Hay veces en que, sentado en la última fila de un auditorio, escuchando a un escritor hablar de su libro, me digo “pero ¿qué dices?, tu libro no va de eso, te equivocas” y pienso, bueno, vaya con Dios, que te vaya bien, pero no estoy de acuerdo con la interpretación de tu propio libro. Además, insisto enérgicamente en que tengo todo el derecho de disentir con el autor sobre el significado de sus libros. Eso para mí no admite controversia alguna. Tampoco quiere decir que el autor no pueda tener su propia interpretación y, a veces, cuando leo otras interpretaciones de mis propios libros, pienso “bueno, con todo el respeto, pero no estoy de acuerdo contigo”, pero no lo pienso porque yo sea el autor y por eso tenga la razón absoluta, sino porque estoy intentando ser todo lo objetivo que puedo (algo que, claro está, es imposible) y no estoy de acuerdo contigo.

FL: Pensaba, volviendo al tema de las traducciones, que ese concepto de fidelidad al original probablemente venga de los estudios bíblicos, donde hay que reflejar sin desviaciones la palabra de Dios y demás.

CM: Sí, puede ser, tiene sentido. ¿Conoces al filósofo Alain Badiou? Por lo visto quería que su obra fuera lo más automáticamente traducible posible, que él fuera lo más invisible posible, pero, aunque me maravilla lo titánico del esfuerzo, dudo que pudiera funcionar.

FL: Una de las primeras reseñas de La ciudad y la ciudad que leí decía que la prosa sonaba vagamente como si estuviera traducida de otro idioma. Y pensé que tenía razón, porque, además, ¿cómo transmitir la idea de otredad y de alteridad manteniendo el juego de la ficción? Tienes un narrador, Borlú, que habla en besź, pero obviamente el libro está escrito en inglés. Porque las frases, aunque es verdad que no tienen un lenguaje tan recargado como en las novelas de Bas Lag, a veces tienen algo de incómodo que no termina de fluir. ¿Tenías algo de eso en mente a la hora de escribirla?

CM: Me encanta esa reseña, ojalá la hubiera leído. Porque una de las cosas que quería hacer con el libro… Verás, había estado leyendo mucha literatura de la Europa del Este y me interesó mucho ese tipo de prosa algo forzada, rebuscada, ese registro ligeramente entrecortado, que puede expresarse de una forma muy elegante si la traducción es buena y aun así sonar… no sé cuál sería la palabra, como que no encaja del todo, un poco incómodo, como decías. Eso me interesó mucho y la verdad es que me encanta que me hayas hablado de esa reseña porque la idea del libro es que es una traducción del besź y que, aunque Borlú sabe inglés, y lo habla un par de veces, lo escribió en su idioma y fue traducido al inglés. Así que sí que tenía en mente esa extrañeza, esa incomodidad, ese entrecortarse del ritmo que no termina de avanzar con total fluidez. Y eso tiene mucho que ver con las traducciones de Kubin y de Schultz que había leído.

FL: Eso me parece interesantísimo como traductora, porque otra de las piedras de toque de la calidad de una traducción es que ésta tiene que sonar natural, que debe fluir, pero es que, entre otras cosas, el original muchas veces no fluye y tiene una prosa de todo menos natural, así que es común que se piense que es por culpa del traductor.

CM: Sí, sí, pues puedes darles mi número y si se meten contigo me los mandas.

[La segunda parte se publicó el lunes 22 de octubre y se puede leer aquí]